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Boga mar adentro

J BOUCHAUD, Los cristianos del primer amor. Madrid 1972 -


    Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: “Boga mar adentro”

Era una barca, una vieja barca, una hermosa barca.
El que la había construido estaba práctico en las cosas del mar, amaba el mar.
Hacía tiempo que estaba amarrada al muelle del puerto. Alguna vez se separaba perezosamente de la orilla para dar un corto paseo por la bahía.
La vida a bordo no carecía de un cierto estilo. Se intentaba luchar esforzadamente contra la monotonía. Poco a poco, los oficiales se habían ido ataviando con uniformes y galones: negros, blancos, violetas, morados. Algunos añadían lentejuelas, armiño y condecoraciones. Las relaciones entre los oficiales superiores y subalternos estaban reguladas por un rígido ceremonial de ampulosos y serviles ritos y zalemas
En suma, la vida a bordo, no era muy incómoda: todo lo que había que hacer -o evitar- estaba recogido en reglamentos muy detallados que se observaban escrupulosamente.

Naturalmente, estaban también los marineros. En realidad, no se les veía mucho en cubierta. Trabajaban sobre todo en las bodegas o en la sala de máquinas, aun cuando resultaba demasiado evidente que la atención y el cuidado de los motores es más bien algo secundario en una barca que no abandona nunca el puerto.

Puesto que reglamento era más menos siempre el mismo, el aprovisionamiento idéntico siempre, el chapoteo en el puerto y el clima del país, para... tener ocasión de intercambiar ideas de vez en cuando, se recurría a pintar de nuevo alguna parte de la barca. Y las buenas venerables señoras que el domingo, después de vísperas, paseaban por el muelle, seguían repitiendo: “Oye, mira aquella barca, es mi preferida. Ya forma parte del paisaje. Es una barca fiel, no se mueve nunca”.

Un día murió el capitán. Ateniéndose rigurosamente a las prescripciones de un artículo del reglamente interno, los oficiales de uniforme rojo (que casualmente eran los de edad más avanzada), se reunieron para elegir al nuevo capitán. Eligieron a un viejo gordo, del que muchos de ellos se habían reído en algunas ocasiones.

Poco faltó para que se produjera un motín a bordo. Se decía: “Es demasiado viejo. No es lo distinguido que se necesita. Nos exponemos a desacreditarnos. Algunos murmura porque tiene relaciones amistosas con algunos oficiales de las barcas enemigas. Es una elección desafortunada”.  Menos mal que uno más sensato calmó el malestar, afirmando en alta voz: “No se podía haber hecho una elección mejor. Estad tranquilos, será un capitán de transición”.

Después, el viejo subió fatigosamente las escaleras que conducían al puesto de mando. Pidió un poco de tiempo para ambientarse. La vida no cambió mucho a bordo, hasta el día en que llegó una orden de la cabina de mando, que dejó atónitos hasta a los más íntimos colaboradores: “Levad anclas y vamos mar adentro”. Uno de los presentes, pensando en un golpe de ingenio, preguntó: “¿Hemos entendido bien? ¿quiere repetir?”. Y el capitán repitió: “He dicho mar adentro”.
Entonces el murmullo se convirtió en unánime clamor: “Está loco, quiere hundir la barca y a nosotros con ella”.

En verdad, muchos se alegraron, sin darse perfecta cuenta de lo que podía suceder. Algunos oficiales en uniforme marrón o rojo, cargados de condecoraciones, permanecieron impertérritos... o casi. Conocían bien el arte de gobernar la barca. Habían visto cosas más raras durante la carrera. Sabían muy bien cómo tramar la acostumbrada broma que habría permitido a la barca separarse del muelle, para embarrancar antes de cruzar la barrera del puerto. El capitán ignoraba estas astucias. No había, pues, motivo para preocuparse. Sería, una vez más, un corto paseo por la bahía.

Todos a bordo, se parte. La barca abandona el puerto, y entre el general estupor, navega de veras hacia alta mar. Unas fuertes sacudidas. El mar abierto. Entonces se comenzó a entender que era verdaderamente bello estar todos juntos, y aun siendo muchos y de diferentes criterios, trabajar unidos. Después las olas se hicieron más altas, El cielo se nubló. Y la tierra desapareció del horizonte. Y llegó la noche. Y la tempestad se desencadenó. Entonces todos cayeron en la cuenta de que las reglas válidas para la vida del puerto, no servían para la navegación en alta mar.

Algunos se precipitaron bajo cubierta, gritando y suplicando: - ¡Volvamos al puerto, que nos hundimos!
Otros se agarraban donde podían, atacados de fuertes mareos. Los discursos pronunciados en la recepción antes de abandonar el puerto, se habían olvidado: ahora ya no eran capaces ni de hablar ni de caminar. Les costaba trabajo aun el sobrevivir. Otros se arrojaron al mar, para salvarse solos. Pero, caso curioso, entre los que dieron el salto, algunos protestaban: “Esta barca no se mueve apenas”. Es decir, abandonaban la barca por motivos opuestos.

Otros siguieron navegando, afirmando con decisión: - A fin de cuentas, una nave está hecha para navegar. Vamos adelante, por tanto. Nuestra barca no está vacía: llevamos un tesoro de par para todos los pueblos del mundo, y la libertad para todos los oprimidos de la tierra. Quien construyó esta barca, la ha estructurado de forma que puede transportar precisamente esta preciosa carga. ¿Cómo podemos llevar a término nuestra misión, si no tenemos la voluntad de afrontar las tormentas?

Entonces sucedieron cosas extrañas. Se cruzaron con otras barcas que, cuando estaban paradas en las tranquilas aguas del puerto, eran consideradas como “enemigas”. Al principio se limitaron a prudentes intercambios de informaciones meteorológicas; después se pasó al intercambio de víveres; y al fin, con algunos se pusieron de acuerdo en seguir la misma ruta. Y durante el viaje cayeron en la cuenta de que se trataba de naves hermanas, que deploraban el haber considerado como “enemiga” a la antigua barca. No faltó algún oficial del estado mayor, que seguía murmurando: - Es una humillación. Estamos cambiando nuestra fisonomía. Qué se dirá de nuestra barca cuando regresemos a puerto?

Algún joven marinero y casi todos los grumetes, replicaban sencillamente: “Quien construyó la barca, amaba el mar... y ahora estamos finalmente en mar abierto”.
La barca, superando las borrascas, continuaba su viaje, cuando el viejo capitán murió. Todo el mundo le lloró. El capitán que le sucedió era relativamente más joven. Muy experto, conocía bien la situación. Se había hecho notar por la audacia de sus decisiones, que escaseaban durante el tiempo en que la barca permanecía parada en el puerto. Volvió a repetir, como su predecesor, “¡adelante, a toda máquina!”.

A veces la tripulación parecía desconcertada. Algunos suspiraban: -¿Llegaremos alguna vez a volver finalmente a la seguridad de nuestro viejo puerto?
El capitán, en cambio, murmuraba para sí: “Un estado mayor formado a la medida para la vida del puerto, no es apto para la alta mar”. Poco a poco comenzó a cambiar a los hombres y a transformar las estructuras. En la barca en la que los marineros se veían solamente en rarísimas ocasiones, comenzaron a desaparecer los uniformes, y los marineros a subir uno a uno al puente, codo con codo, cada uno en su puesto. Una tripulación entera luchaba por salvar la barca y conducirla a su destino. Tal vez, un día próximo, en aquella barca habrá solo dos categorías de personas: los que trabajan unidos, y los que renuncian o se resignan, sea cual sea el motivo. Muchos ahora comienzan a recordar de nuevo la tripulación de la vieja barca, cuando no había tomado las insignias; la primera tripulación, guiada por la pasión del único amor, e la misma fe, del mismo ardor, de un idéntico mensaje.

Iglesia de hoy, vieja barca que me gusta ver en medio de la tormenta, ¿no eres quizá, más que ayer, la Iglesia de Cristo, la Iglesia de aquel hombre que amaba la mar?

    J BOUCHAUD, Los cristianos del primer amor. Madrid 1972

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