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IGLESIA Y SOCIEDAD: una relación dificil

Elmar Salman -

Introducción

En los últimos treinta años y en una sociedad que actualmente se define laica, la Iglesia europea ha perdido cerca de dos tercios de su clientela y de su papel dominante. No se trata ahora de buscar culpables, sino ante todo la disparidad existente por ese desgano mental que no se dejará rehacer con medios cosméticos o con la simple buena voluntad de dialogar. No se sabe ni tan siquiera si estamos frente a una relación embarazosa o frente a una no-relación de difícil solución. Y es que lo poliédrico de nuestra sociedad no nos permite ya movernos en antagonismos claros y bien definibles.

Vivimos, en cambio, en un contexto cuanto menos ambiguo, postmoderno, interesado y sumergido en todas las posibles formas de cultura, de participación y praxis religiosa, en unas formas que no se encuadran ya en un discurso teológico ni en una praxis eclesial, parroquial o sacramental. Queremos ahora, simplemente, enumerar algunos de los motivos principales de los interrogantes que se ponen hoy entre cultura e iglesia y que han contribuido a hacer más profundo su extrañamiento recíproco.

Cambio y mentalidad subjetivista

Desde Kant y desde la revolución francesa en adelante, el hombre se ha habituado a reconstruir su mundo desde la conciencia de su propia capacidad y de sus límites en el conocer, hacer y querer. Se ha hecho modesto (tiene en cuanta la estrechez de su ámbito) y audaz (dado el camino abierto e hipotético que tiene frente a sí); y el criterio de valoración es el crecimiento y la promoción de la libertad comunicativa en la sociedad.

Ahora bien, en esta óptica, las aserciones de la teología le resultan dogmáticas, inverificables, poco modestas y a la vez ilusorias. Pareciera por ello como si se arrogasen una autoridad improcedente. La pregunta abierta en esta situación sería: ¿es pensable una teología y una praxis del magisterio que se tome en serio el giro subjetivo-trascendental? ¿Es pensable un hablar y un hacer que tenga en cuenta los límites de la razón, el respeto hacia el individuo, el clima de promoción y de creatividad mutua propios de personas adultas?

Cambio y mentalidad psicológico-sociológica

Cada uno piensa y valora los fenómenos vividos en clave psicológica y descriptiva, buscando escu-driñar los motivos inconscientes, las condiciones circunstanciales de un dato.
En el ámbito eclesial, en cambio, prevalece todavía una gran reserva ante los descubrimientos y criterios de las ciencias humanas., La pregunta: ¿es concebible una praxis religiosa que no se nutra de fijaciones infantiles, regresiones, restricciones mentales, que se mueva en cambio libre y con soltura en el ámbito moderno, en la variedad y riqueza de los fenómenos?

Cambio y mentalidad agnóstica No existe ya un antagonismo

claro entre teísmo y ateísmo, sino que se respira un aire de escepticis-mo. Prevalece una actitud hipotético-experimental, agnóstica. No se sabe nunca o, ya se verá más adelante... Este clima, debido al intercambio entre realidad e imagen, entre mercancía y cosa, al entrecruzarse de las culturas, ha provocado una lenta derrota primero, y más adelante la repentina caída de las ideologías, la exfoliación de toda -convicción segura de sí misma.

No existirá fe si no se pasa a través de ese túnel, de esa opacidad, de esa noche colectiva del espíritu en la que nos entretenemos casi todos. ¿Podremos releer esta situación como ese paso obligado de la teología y de la iglesia que las purificaría de tantas fijaciones y clausuras ideológicas? Se trata de recordarlas que entre Dios y Jesús, entre Jesús y la iglesia, existen abismos, un hiato, una ruptura que no permite identificaciones fáciles.

Cambio y mentalidad democrática

Vivimos en una sociedad abierta y abigarrada, en una red de tantas perspectivas, roles, opiniones y opciones, 'que se imponen la humildad y la apertura hasta ahora domina en la iglesia un modelo jerárquico, lineal y de prepotencia masculina. La diferenciación de los poderes o la posibilidad de apelar a un tribunal independiente, que son cosas que se dan por descontadas en la sociedad moder-na, ni siquiera son imaginables en el ámbito de la iglesia. No hablamos ya de una verdadera repre-sentación democrática en el campo doctrinal, legislativo o administrativo (ni de la participación de los laicos en el ámbito de la doctrina, en la enseñanza de la teología, etc.). Un concepto muy rígido de verdad y la coincidencia entre el poder sacral y el jurídico, impiden cualquier desarrollo decisivo en este ámbito.

Cambio y mentalidad hermenéutica

Vivimos en una sociedad dotada de una capacidad casi infinita de interpretar, traducir, mediar. La verdad no existe, no es ya simplemente una premisa, sino que se produce en el inmenso proceso de aproximaciones y acercamientos, en el juego de metamorfosis históricas, en las traducciones y transferencias.

Hasta ahora no existe ni en la iglesia ni en la teología un concepto abierto de verdad, un concepto que no sea ése de una verdad definida-definitiva (piénsese en el juramento impuesto al clero). No existe un concepto de verdad posible, de verdad que se busca e inventa. Esta es la razón por la que el cristianismo carece de un carácter invitante y seductor, porque no tiene una idea de verdad que sea motivo, posibilidad, premisa y promesa de una vida feliz.

Hablamos de una verdad que pruebe su fuerza en su creatividad, en su capacidad de valorar los di-versos campos del saber, del hacer y de la fantasía. La praxis del magisterio, hasta ahora marcada por la sospecha, no sólo no promueve esta atmósfera estimulante de búsqueda, sino que la sofoca provocando que su servicio se torne contraproducente. La verdad no se deja ya confirmar por la vía de las prohibiciones, de las condenas o los procesos (los libros censurados se venden todavía me-jor), sino únicamente mostrando su fecundidad, su belleza, su fuerza fenomenológica. Solamente es verdad lo que nos ayuda a comprendernos y a crecer.

Cambio y mentalidad ecuménica

Nos movemos en un clima de ecumenismo universal entre las confesiones, las religiones, las razas. Se han dado muchos pasos también en el ámbito eclesial, pero el salto decisivo no se da. Hasta aho-ra no hay ni tan siquiera un concepto sincero y practicable de unidad. Se habla mucho de ello, pero nadie sabe cómo podrá establecerse o funcionar (como retorno de las otras iglesia a Roma o como libre asociación en una meta-estructura).
Quizás suceda que el mismo concepto de unidad no es que sea sólo equívoco, sino también trasno-chado. Dada la imposibilidad de unir o mezclar diversos estilos de pensamiento o de expresividad, ¿Se deberá quizás tomar el camino hacia una intercomunión de los diversos polos que permanecerí-an separados aún en medio del cultivo de la hospitalidad y del la corrección fraterna? ¿No sería éste un modelo honesto y democrático de unión?

Cambio y mentalidad funcional (el papel del sacerdote)

En las últimas décadas, la iglesia ha funcionalizado el papel y la imagen del sacerdote, pese a la confirmación de la necesidad del celibato que, para ser vivible, requeriría un fondo arquetípico sa-cral de legitimación. Hastaahora no se ha decidido cuál será la fisonomía del sacerdote del futuro. Hoy los sacerdotes tienen que representar demasiadas cosas: desde el manager hasta la representa-ción social y sacra! de la gracia. La pregunta es: ¿cómo diferenciar su función de su presencia? ¿Cómo integrar en el centro de la iglesia y de la enseñanza (también en las facultades teológicas) a las mujeres, su inteligencia, su fantasía, su sensibilidad?

Cambio y mentalidad antiplatónica

Todo esto se deja resumir y encuadrar en un proceso fundamental que toca las raíces de nuestra cul-tura. Las consecuencias de este proceso no son todavía previsibles. En el mundo platónico cristiano, de una representación simbólico-jerárquica de la luz, de la verdad y de los valores que hasta ayer mismo dominaban nuestro sentimiento, estaba en vigor el primado neto del intelecto-voluntad sobre el sentimiento, de la unidad sobre la pluralidad, del espíritu sobre el cuerpo, de la ascesis sobre la vida, de la tradición sobre la novedad, de la eternidad sobre la finitud. A todo esto se ha dado la vuelta (del 300 en adelante, pero hoy se ha hecho carne y ha entrado en médula de nuestra esponta-neidad y sensibilidad).

Hoy sostenemos el primado de la pluralidad sobre la unidad, del sentimiento sobre la voluntad, de la potenciación y creatividad sobre una moral prohibitiva, de la posibilidad sobre la realidad, del desa-rrollo y la transgresión sobre la trascendencia, del hiato sobre la pura diferencia. Nadie sabe cuál y cuánta transformación será todavía necesaria para conformar nuestra religiosidad, nuestro pensar y vivir el cristianismo según este estilo emergente.

Capacidad de autocrítica

Hasta ahora hemos hablado de las preguntas que la sociedad pone a la iglesia. Pero, ¿no tendremos quizás que invertir el orden de la crítica? Los (no)valores, que se dan por descontados, de una so-ciedad desordenada y deprimida, su movilidad casi histérica, su veleidad para disponer de todo, su maleabilidad que sabe interpretar y justificar cada fenómeno, ¿podrán verdaderamente servir de parámetro para una religión que se rehace en una historia de tres mil años? ¿Sabemos realmente cómo se desarrollará la modernidad?

La relación entre naturaleza y técnica, la aceleración del consumo de la producción, la necesidad de ahorrar de cara al ambiente y a nosotros mismos, el pluralismo y la necesidad de unidad, orden, claridad, la comprensibilidad de la vida, el desarrollo del individuo y la vida conyugal, la universalidad y la necesidad de encontrar una hornacina fiable, un refugio (piénsese en la emergencia de los nue-vos nacionalismos). Todo son hasta ahora enigmas. De este modo, iglesia y sociedad, se encuentran en una situación de bloqueo, de perplejidad serena y acongojada. Y esto deberían de confesármelo cada una por cuenta propia y recíprocamente.
De este modo, quizás, con ese fondo común de honestidad, con un lenguaje preciso, descriptivo (no prescriptivo), fenomenológico (no valorativo), podría nacer una perspectiva realista y estimulante para un próximo futuro, una colaboración fecunda, fructífera, sin excusas ni atropellos, entre iglesia y cultura.

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