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Benedicto XVI, ¿es todavía joven o ya anciano?

Josep Rovira , cmf. -

            Hemos comenzado el nuevo Sínodo. Es todavía pronto para hablar de ello. Otro día será. Hoy quería comentar otro hecho romano.

         Yo creo que si hay un lugar en la Iglesia en el que la ancianidad se hace visible es en Roma. Y no lo digo porque vivo en una ciudad con una notable escasez de niños y un gran número de ancianos, sino sobre todo pensando en la comunidad cristiana aquí presente y en la historia de esta metrópoli. La gente viene aquí a ver cosas antiguas: ruinas del Imperio Romano, edificios medievales, renacimentales, barrocos... Nadie \"\"viene a Roma para ver piedras nuevas. Sí, hay algún barrio periférico incluso con rascacielos (el llamado “EUR”); pero, tanto los peregrinos como los turistas se van sin haberlo visitado. Además, no vale la pena; los hay mejores en otras partes.

            Y es que sobre todo en el ámbito de la Iglesia se ve a gente de mayor para arriba. Los jóvenes romanos no se exceden frecuentando nuestras liturgias (¡aunque los hay!). Y lo que ven quienes vienen a visitarnos porque aquí está el centro de la cristiandad es gente más bien mayor, comenzando por el Papa. En particular estos últimos años hemos convivido con la progresiva fragilidad y el calvario de Juan Pablo II. Se fue apagando poco a poco, pero implacablemente. A un cierto momento ya no podía andar, luego ni siquiera hablar (¡qué sufrimiento tratar de entenderle!)..., hasta que nos dejó. Y pensar que había sido un hombre atlético, que había paseado por todo el mundo su caminar enérgico y su voz baritonal... Ultimamente me recordaba las palabras que algunos jóvenes exdelinquentes decían a un sacerdote que les había dado una mano: “Cuando serás viejo, estarás callado, no te necesitaremos más; estarás ahí y basta”. Es la meta: cuando ya no hace falta hablar, moverse, correr, agitarse..., basta “estar”. Como decía un autor: “No hables demasiado. Cuando estamos expuestos al viento, se ve en la cara”. Es decir, si nuestro rostro transparenta amor, entrega, esperanza, fe, ternura, comprensión, condivisión, compasión..., porque está empapado de ello, no es necesario esforzarnos por decirlo: simplemente, se ve. Convence más la presencia que la palabra; porque la palabra puede ser falsa, hipócrita: un rostro, especialmente unos ojos, difícilmente engañan.

 Ahora tenemos a un Papa, Benedicto XVI que, acostumbrados a los achaques de Wojtyla, nos parece incluso joven: anda normal, sin bastón, habla con suficiente fuerza (aunque personalmente no es partidario de hablar mucho); se le entiende, a pesar de “alemanizar” la dicción de su repertorio políglota y... tiene “solamente” setenta y ocho años.

             Hablamos tanto de los jóvenes; hablemos hoy de nuestros ancianos. Son la historia no escrita de nuestras comunidades cristianas y de nuestras familias. Un proverbio africano dice: un anciano es una biblioteca ambulante. A través de ellos podemos leer la historia de la que procedemos y la que nosotros estamos siendo y dejaremos a nuestros sucesores. A veces quizás nos parezcan pesados, están siempre repitiendo las mismas anécdotas (“En mis tiempos...”, “Cuando yo era joven...”, “Hace tantos años que...”). No se dan cuenta de que todo eso a los jóvenes en general les interesa muy relativamente, porque el joven tiende a pensar como si la historia hubiera comenzado con él. La verdad es que el joven tiene necesidad del anciano, como el anciano del joven. Se les puede hacer felices con tan poco...: comprendiendo su sordera, que necesitan contar y repetir sus cosas, sacarles a pasear (¡sin correr!), hacerles preguntas, enseñarles el propio mundo juvenil sin pretender che se entusiasmen por la música metálica o el “piercing”, hacerles una caricia; tal vez regalar una flor a la abuela (le recordaremos sus tiempos de amor juvenil...) o un paquete de cigarrillos al abuelo (aunque luego se ponga a toser; ya se los esconderá en todo caso la abuela después...). ¡Que vean a sus nietos! Se van a sentir satisfechos y orgullosos viendo que, gracias a ellos, la vida que ellos recibieron y distribuyeron continúa a su vez...; y luego comprendamos que la vivacidad de nuestros chavales agota pronto su paciencia. Si están “aparcados” en alguna residencia u hospital, ir a visitarlos: ¡se pasan las horas, el día o los días esperándolo! En fin, se sentirán amados ¡lo necesitan más que las medicinas que toman, que no son pocas! Sin contar que en muchas familias con padres separados o divorciados, son ellos los suplentes impagables...

             También nosotros llegaremos a viejos (¡si todo nos va bien!). Se nos caerán los dientes, y luego a veces olvidaremos incluso donde hemos dejado la dentadura postiza...; nuestras manos perderán agilidad y nuestras piernas se volverán torpes; deberán acompañarnos al baño; nos acordaremos más de lo de hace sesenta años que de lo de ayer; tendremos nuestras manías, las mismas que tal vez criticamos a los ancianos de ahora. Pero, poseeremos un grande tesoro, que no se compra con dinero ni se asimila con pastillas, ni se puede transmitir sin más de uno a otro: la experiencia de la vida, el lento camino de la gozosa fatiga de amar...

         Vivimos en una sociedad en que, para hacer propaganda de algo nos ponen delante no precisamente la parte más espiritual de una muchacha semidesnuda; aunque comprendo que no nos pongan a una abuelita de ochenta años (¿quién iba a comprar?). Recuerdo, sin embargo, una vez que estuve hablando a solas con ella, la belleza espiritual y, en cierto sentido, incluso humana, que desprendía aquel fajo de arrugas que era el rostro de la Beata Madre Teresa de Calcutta... Y, cómo se esponja el corazón viendo a una pareja de ancianos paseando juntos por el parque, medio tambaleándose, con pasos inciertos y lentos, asidos de la mano... Seguramente no se están echando piropos, como hicieron tantos años atrás...; problablemente anden más bien silenciosos, o incluso regañándose el uno al otro..., pero incapaces de separarse. Poco sexo, sí; pero, ¡cuánta madurez y ternura llevada a lo esencial! ¡Qué ejemplo para los jóvenes! Hace años murió en Italia uno de los principales jefes del partido comunista. Se había pasado toda su larga vida conviviendo con una mujer francesa, conocida durante la guerra partisana. Ni siquiera estaban casados. Murió él y se le hicieron todos los homenajes correspondientes a un gran político. Pero, mientras estaban en el cementerio, lleno de gente aplaudiendo los últimos discursos en su honor, entró silenciosamente, casi pidiendo disculpas, otro funeral con poquísimos participantes: era el de su esposa ¡No había resistido más de un día sin su viejo...! Murió “di crepacuore” (“de muerte del corazón”), dicen los italianos: de pura pena.

            Dicen que cuanta más autoridad tiene uno, más se siente solo. Si, además, es célibe y cargado de años, ¡imagínense! Por eso, se me ocurre pensar en la posible soledad que debe experimentar a veces nuestro Benedicto XVI. Espero que no le baste gozarse unas piezas de Mozart en su inseparable piano (¡y ya es algo!); y que, como buen bavarés, se eche de vez en cuando una buena jarrita de cerveza conversando sin prisas con su hermano mayor Georg (como si fuera su padre), o con el secretario\"\" (como si fuera su hijo), o las religiosas que cuidan del piso (como si fueran sus hermanas menores), o alguno de sus innumerables visitantes, una vez acabados los saludos y discursos de rigor (como si fueran amigos de toda la vida), o... ¿por qué no?, invitando al joven soldado suizo que estará aburrido haciendo guardia de plantón ante la puerta de entrada en el apartamento papal (como si fuera su nieto). ¡Me gusta imaginar que sea así! Por eso, si supiera que me iba a leer, le enviaría un párrafo de la carta que escribió san Bernardo (1091-1153) a aquel que había sido discípulo suyo y entonces era Papa Eugenio III (1145-1153): “No te pido que abandones todas tus ocupaciones, sino solo que las interrumpas... Visto que todos se aprovechan de algo, aprovéchate de ti mismo. ¿Por qué deberías ser el único privado de esta oportunidad? Por lo tanto, acuérdate, no digo siempre, ni siquiera digo frecuentemente; pero, al menos de vez en cuando, que tú te debes algo a tí mismo. ¿Es verdaderamente pedirte demasiado?”.

            El pasado 30 de septiembre por la mañana, Benedicto XVI visitó el hospital pediátrico “Bambino Gesù” de Roma. Le ofrecieron una serie de escritos de los niños dirigidos a él. En uno había incluso un dibujo con el Papa tocando el piano y una frase escrita por una tal Daniela: “Espero que la armonía de tus notas se difunda por todo el universo”. Es aquello de que: “De la boca de los niños y de los que aún maman te preparaste alabanza” (Mt 21, 16; Sal 8, 3).

            En conclusión, yo diría que, además de hombre que escucha con atención, sencillo y competente, tenemos a un anciano joven.

    Arrivederci!

 


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