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Benedicto XVI, año I: continuidad en la discontinuidad

Josep Rovira ,CMF -

Hace pocos días celebrábamos el primer aniversario del comienzo del pontificado de Benedicto XVI. Los medios de comunicación nos han bombardeado con artículos y opiniones para todos los gustos. Escojo algunos pareceres de personas que le conocen de cerca desde hace años y, según mi parecer, representan mejor la realidad. Como es obvio, pongo también algo de mi “cosecha”. Se trata de periodistas especialistas en “vaticanología” (Messori, Zincone, Magister, Melloni, Accattoli, Bartolini, Bobbio, Allen), el filósofo Giovanni Reale, y los cardenales Camillo Ruini (Vicario de los dos últimos Papas para la diócesis de Roma) y Tarcisio Bertone (colaborador del cardenal Ratzinger en la Congregación para la Doctrina de la Fe).

Inevitablemente todos tienden a hacer una comparación con Juan Pablo II, con grande respeto y libertad, al mismo tiempo.

Después de su elección, hubo quien pensó que el Papa alemán se iba a demostrar, como ya le habían “bautizado”, el “Panzer Kardinal”: duro, inflexible, cuadrado..., según la imagen que solemos tener muchas veces de los alemanes. Enseguida entendimos que, a pesar de su edad ya avanzada (78 años entonces), no tenía prisa en hacer grandes reformas. Más que a un tanque, iba a asemejarse a un arado: paso a paso, pero constante. En esto se demuestra también muy alemán. Tiene otro estilo, diverso pero complementario al de su predecesor. No parece hombre de muchedumbres; se le ve mucho más cercano y suelto en la relación personal que no ante las masas. Ante una plaza que le hosanna, le cuesta sonreir y aflora más bien su seriedad y natural timidez. Ya se sabe que no le gusta el floclore en las celebraciones litúrgicas; las prefiere solemnes, sí, pero participadas y recogidas, nada que suene a “show”... Por eso, le gusta más celebrar dentro de la Basílica que en la Plaza de san Pedro. De todas maneras, dentro de lo justo se acomoda a las necesidades objetivas y a los gustos más extroversos de la juventud actual, como hizo en Colonia. Y en este primer año ha encontrado ya a más de cuatro millones de personas (¡!), entre audiencias y celebraciones.

Esquematizando, podríamos decir que se ocupa más de la Iglesia que del mundo, más de estudiar los dossiers que de viajar. Se toma tiempo para los diagnósticos, antes de establecer las medicinas. Siendo Prefecto de la Congregación de la Fe (lo fue durante más de un cuarto de siglo, antes de ser elegido Papa), cuando le presentaban las cartas o decretos con que dicha Congregación se dirigía a un obispo, sacerdote o teólogo, amonestándole por algo, muy frecuentemente él los devolvía escribiendo al margen: “suavizar”. Luego, decidía. Efectivamente, en el Vaticano dicen que escucha a todos con calma y tomándose tiempo, y cuando cree oportuno decide.

El ochenta por cien de las cosas que leía o publicaba Juan Pablo II eran obra de sus colaboradores; él supervisionaba. Wojtyla de alguna manera quería pronunciarse sobre todo, y por eso necesitaba muchos ayudantes. Ratzinger, en cambio, lo que dice –sobre todo si se trata de homilías- procura escribirlas él personalmente. Wojtyla tenía siempre huéspedes en las misas y en las comidas, organizaba contínuas reuniones de todo tipo. Ratzinger ha reducido de un setenta por ciento las audiencias privadas y sus viajes van a ser tres o cuatro al año nada más. En particular, ha reducido a lo mínimo los encuentros con políticos y embajadores, e incluso con los nuncios; en cambio, ha puesto especial interés en los encuentros con los obispos. En su primer año ha pronunciado “solamente” 291 discursos, mientras que su predecesor pronunció 569; las celebraciones con el pueblo han pasado de 68 de Juan Pablo II a 31; etc. Por otra parte (y es algo nuevo), repetidas veces se ha puesto a dialogar sin más, con preguntas y respuestas, o ha entablado una “discusión abierta” con los presentes, dejando de lado el discurso oficial: con los sacerdotes de Aosta en 25 de julio del año pasado; con los niños de la primera comunión en la Plaza de San Pedro el 15 de octubre; con los sacerdotes de Roma el 3 de marzo de este año; con los jóvenes el 6 de abril, Domingo de Ramos; con los cardenales reunidos en consistorio el pasado 23 de marzo... Lleno de significado fue sin duda el encuentro personal, durante más de cuatro horas, el pasado 24 de septiembre, con su coetáneo y “enfant terrible” de la izquierda católica, el teólogo suizo Hans Küng, viejos amigos de cuando ambos eran profesores en la Facultad Teológica de Tubinga (Alemania), pero que le había dado no pocos quebraderos de cabeza cuando era Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Wojtyla presidía siempre él las muchas beatificaciones y canonizaciones. Ratzinger desde el principio, siguiendo la tradición anterior, ha dejado que las beatificaciones las presida el cardenal encargado de ello (actualmente el claretiano José Saraiva Martins) u otro delegado, y se ha reservado solamente las canonizaciones. Wojtyla en medio de la gente daba la suya a millares de manos, pero siempre corriendo y mirando poco a los interlocutores. Ratzinger te mira en los ojos siempre; si puede, se para a hablar con cada uno: quiere saber a quién tiene delante. Cuestión de carácter. Wojtyla era un hombre de cristiandad; quería que el Evangelio fuera anunciado a todos los pueblos; disfrutaba en medio del gentío. Ratzinger es un hombre de interioridad, un intelectual; uno que, si pudiera, dialogaría siempre y solamente de tú a tú. Por eso, alguien ha dicho que Wojtyla pasará a la historia como un grande “evangelista”, y Ratzinger como un grande “maestro”.

El católico Messori dice que Ratzinger quiere hacer a la Iglesia menos “papocéntrica”. El grande carisma personal de Wojtyla había hecho, según algunos, que toda la Iglesia se identificara con un hombre, lo cual ha podido producir en algunos algo que él no pretendía: el culto de la personalidad (algo ciertamente no evangélico). Ratzinger mira de ser lo menos invadente posible; no quiere que parezca que la Iglesia se reduce o se confunde con el Obispo de Roma. Efectivamente, dijo en el discurso de comienzo de su pontificado, el 24 de abril 2005: “... No estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que en realidad no podría llevar nunca solo... Mi verdadero programa de gobierno es el de no hacer mi voluntad, de no perseguir mis ideas, sino el de ponerme a la escucha, junto con toda la Iglesia, de la voluntad y la palabra del Señor... La Iglesia es una responsabilidad de todos los bautizados, aunque no todos hayan recibido la misma misión...”. Wojtyla daba la sensación de fuerza y atrevimiento (antes de su última enfermedad); Ratzinger de serenidad y paz, pero también de libertad interior para decir “suavemente” lo que cree que tiene que decir. Un detalle más, a este propósito, no del todo indiferente para un cierto público: Ratzinger no es muy fotogénico, como lo era Wojtyla en sus buenos tiempos (con su rostro sonriente, casi pícaro a veces); pero, esto nos puede ayudar a ir más allá de las apariencias externas y a comprender que la misión del sucesor de san Pedro no depende de la cara atrayente ni de una agradable voz baritonal... Otra diferencia importante: Wojtyla era un creyente sin más, como si la fe fuera evidente, y casi le sorprendiera que alguien dudara; Ratzinger se parece más al intelectual posmoderno: en él la fe es un descubrimiento cotidiano, se da cuenta de que mucha gente hoy vive entre dudas y quiere ofrecerles una respuesta. Pero, lo que ciertamente acomuna a los dos Papas es un testimonio de fe claro, público, respetuoso pero decidido: ¡No hay que avergonzarse del Evangelio, como dijo san Pablo (Rom 1, 16).

Mirando a otros personajes, diría que Benedicto XVI me recuerda a san Agustín y al cardenal Carlos María Martini. Mientras estos dos últimos fueron profesores, su mundo eran los libros y el grupo de estudiantes o amigos. Pero, cuando fueron elegidos pastores, supieron abrirse a la gente, aunque cada uno a su manera. Así está haciendo también Ratzinger. De hecho, muchos predecían que, después de Juan Pablo II, iban a disminuir drásticamente las muchedumbres que vienen para las audiencias o a las varias celebraciones. En realidad, en este primer año la gente presente en las audiencias se ha entre duplicado y triplicado. Un hecho muy claro: se ha convertido en un problema incluso poder entrar en las Basílica de San Pedro... Es verdad que hay más controles y esto retrasa; es verdad que muchos vienen todavía como efecto de la atracción por Juan Pablo II (antes, visitaban las tumbas de los Papas un máximo de doscientas o trescientas personas al día; ahora, de quince mil a veinte mil personas diariamente...); pero, también es verdad –y esto lo puedo testimoniar personalmente- que el modo de actuar de este Papa, precisamente por ser diverso y responder a otras necesidades actuales, atrae. Son sobre todo los jóvenes quienes están “obligando” a Benedicto XVI a abrirse un poco más, a soltarse, y a hacerles partícipes de la grande riqueza cultural y espiritual que lleva dentro: él, maestro y profesor toda la vida, aprende de los jóvenes a no callar, a no reservarse, y a ofrecerles con sencillez su riqueza interior... Yo diría que es un “magisterio” mutuo; y hay que ver cómo muchos jóvenes entrevistados están apreciando la humildad con que este nuevo “abuelo” les está diciendo cosas profundas pero de manera sencilla, en un mundo en que se vive, en cambio, de superficialidad, por no decir de trivialidad... Como decía el título de un periódico alemán el verano pasado, cuando la “Jornada Mundial de la Juventud” en Colonia: “Ratzinger, un académico al que se le entiende”. Un profesor que respeta a su interlocutor, habla con densidad y seriedad; pero, esforzándose para darse a entender. No quiere vencer, sino convencer. Por eso le está gustando a la gente.

Quiere agilizar y simplificar la Curia Romana. Cuando era cardenal, una vez le preguntó Messori: “Eminencia, me imagino que Ud., siendo bavarés, preferiría que el Centro de la Iglesia estuviera en Alemania, y no en Roma”. A lo que respondió con cara de sorpresa: “Por favor, tendríamos una Iglesia demasiado organizada. Y la organización sofoca al Espíritu”. Por eso tampoco le gusta el barroquismo de la burocracia vaticana. De hecho, ya cuando trabajaba en el Santo Oficio, era un personaje extraño; se ocupaba de lo suyo y basta. Preparaba documentos doctrinales. Estudiaba los casos. Escribía respuestas, entrevistas y libros. Por su cargo, semanalmente se encontraba con el Papa. Encontraba a algún otro cardenal. Pero, no tenía grandes relaciones con el “tinglado” restante. No tenía ni tiene ahora un clan. No está habiendo una invasión romana de alemanes, como alguien temía. Incluso las relaciones con su secretario personal, Georg Gaenswein, son profesionales, y no una especie de “deus ex machina”. Quien se imaginaba el apartamento pontificio en tiempos de Juan Pablo II como una corte numerosa con muchos solícitos consejeros, ahora vería que el apartamento de Benedicto XVI parece más bien una especie de mini-monasterio benedictino en el que el Papa ora y trabaja, en soledad (¡por algo se habrá puesto el nombre de “Benedicto”!). Una situación casi espartana. Agilidad y eficiencia. Simplificando, podríamos tal vez decir que hemos pasado de un pontificado espectacular a otro reflexivo, del gesto y la imagen a la palabra sobria, de un Papa comunicador a un Papa pensador. Ambos dicen lo mismo, pero de manera diversa. Continuidad en la discontinuidad. La substancia es la misma, el estilo diferente. Por eso los dos pontificados se completan y responden a diversas exigencias de la Iglesia actual.

Algún detalle más de última hora. El “Anuario Pontificio” del 2006, volumen que anualmente trae los datos puestos al día de los organismos y personas de la Santa Sede, al poner los títulos del Papa ha dejado de poner “Patriarca de Occidente”, uno de los títulos que se le solía dar desde 1863. Habrán notado también algunos cambios significativos incluso durante la Semana Santa de este año. No ha escrito la carta a los sacerdotes de todo el mundo, como hacía Wojtyla; pero, en la Misa Crismal del Jueves Santo, les dedicó una excepcional y breve homilía. No bajó el Viernes Santo una hora a confesar a la gente, como hacía el Papa anterior; pero, en su nombre, el Martes Santo se organizó una celebración penitencial en la Basílica de San Pedro, presidida por el cardenal Stafford. En la Misa del Jueves Santo por la tarde, Wojtyla solía lavar los pies a doce sacerdotes, Ratzinger lo ha hecho a doce laicos. En el discurso “Urbi et Orbi” del Domingo de Pascua, no ha reservado un lugar y una largura especial a su lengua, el alemán (como solía hacer Juan Pablo II con la lengua polaca), sino que ha dicho pocas palabras cuando le llegó el turno, dentro del orden que se suele seguir desde siempre en las lenguas en que habla el Papa. También éstos son detalles que revelan distintos modos de ser, ambos respetables.

Sintetizando, Benedicto XVI, al final de su primer año, se nos presenta como hombre de la palabra, que siembra en profundidad, nunca banal. Como si quisiera decirnos: “En tiempos de imagen, no olvidemos la palabra, sencilla, escueta, pensada, profunda”. Una buena terapia para un mundo hecho de verborrea y de inundación incesante y contradictoria de imágenes. Ya siendo cardenal había dicho que en la Iglesia había una “inflación de palabras” y “una producción excesiva de documentos”; y, en particular sobre la moral sexual, “se ha dicho todo y demasiado frecuentemente”. Y, como si ahora continuara diciéndonos: “Seamos serios, hermanos. Superemos la contínua borrachera de sensaciones. Apretemos suficientemente el freno, y pensemos. Nos jugamos nuestra humanidad y nuestra vida de fe. Necesitamos una cura urgente de alegría, sí, pero hecha no de banalidad sino de profundidad y coherencia”. Parece mentira, pero esta actitud, hecha de espesor en el pensamiento y serenidad en la sonrisa, que tanto contrasta con un cierto modo de ser actual, atrae; la están comprendiendo incluso quienes son los intérpretes y consumidores por antonomasia de esta sociedad: muchos jóvenes. Reconocen que, a diferencia de otros muchos que quieren ser sus maestros, este “abuelo” les está diciendo algo que necesitan y que sienten que es simplemente verdad.

Hermano Benedicto XVI, al final de este primer año de pontificado y con tus ya 79 años recién estrenados, te decimos de corazón: ¡Felicidades!. O, como te habrán dicho y repetido cantidad de veces tus familiares, amigos y conciudadanos en estos días:

“Joseph (Benedickt), herzlichste Glückwünsche!”.

J. Rovira cmf.

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Comentarios

juan manuel juan manuel
el 2/8/10
Es la primera vez que entro en esta sección. Es de 10. Me gusta por la diversidad y profundidad. Me encantaría encontrar muchos amigos como Josep Llamas cmf (vivo en BCN) o como Richard Salazar ex-cmf para invitarlos a participar en nuestros foros de claretianos y exclaretianos en internet. Tenemos dos que sobrepasan los 240 miembros cada uno y un tercero (claretincat@yahoogroups.com) que activaremos después de vacaciones.
Mi correo, juanma_didi@yahoo.es

Un abrazo para todos. Seguid escribiendo y disfrutando.
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