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Ayudando a un cura

José Vico Peinado, cmf -
 (Del cura se dice que es pastor: un buen pastor que cuida de las ovejas. ¿Quién iba a sospechar que las ovejas también podían cuidar del pastor? Hay que estar loco como un rebaño para que a uno se le ocurra sospechar de esta manera. Pero, sin embargo, ¡ya lo creo que ocurre! Y es que el "pastor" es también oveja en el redil de la vida. Y quién él creía que era "oveja" se ha convertido en el fiel reflejo del único Pastor Bueno. En el aprisco todos somos iguales y podemos ayudarnos.)

Mis queridos amigos:

Vuestra carta me ha hecho mucho bien. Ha significado como una bocanada de aire fresco, al abrir una ventana para renovar el ambiente de una habitación. ¡Quién sabe si pondrá fin a estos momentos oscuros por los que me toca atravesar!. Ojalá sea así. Porque realmente estoy pasando un tiempo bastante tonto de añoranzas, nostalgias y soledades. Os lo voy a describir para que os hagáis cargo.

Desde que volví hay algo que me está afectando. No es algo concreto, sino una vaga sensación de no ser trigo limpio. De que estoy como engañando a la gente. Que, si la gente me conociera como realmente soy, no apostarían por mí. Pero todo muy indefinido y difuso. No tengo mucha alegría de tejas para adentro, aunque tenga la fachada bien blanqueada y llena de flores y macetas. Por eso, no puedo evitar sentirme inadecuado conmigo mismo y juzgarme hipócrita y fariseo. Me da mucha rabia esa irreconciliación conmigo mismo, tan frecuente que es ya casi crónica. Una y otra vez me pregunto si tendré que estar viviendo siempre así. Y, entonces, me gustaría nacer de nuevo y estrenar corazón. Retornarme a la infancia y desandar los caminos equivocados que he recorrido, para tratar de rehacer mi propia historia. Esto es imposible. Lo sé: no hay moviola que dé marcha atrás a la historia. Por eso siento rabia. Una rabia que me afecta internamente en mi relación con la gente, a pesar del blanqueo externo de mi fachada. De hecho, me encuentro muy susceptible para todo lo que juzgo falta de detalles por parte de los demás. Me afecta y me deja mustio por dentro. Pero procuro que no me aflore al exterior. Para ello me hago el siguiente razonamiento: me parece sorprendente que haya personas que me aguanten, cuando yo soy incapaz de soportarme a mí mismo.

Sé que todo esto es tiempo perdido. Que, por muy fácil que sea sumergirse en la añoranza de otra realidad distinta, lo verdaderamente productivo es coger el toro por los cuernos de esa realidad que soy yo mismo. Tengo que decirme que, aunque yo no me guste a mí mismo, tengo que vivir reconciliado conmigo, aunque nada más sea porque ya he experimentado suficientemente a lo largo del tiempo que sin esta reconciliación la vida se me torna desilusionante, la actividad se me hace cuesta arriba y me gustaría que el reloj detuviera su frenético curso.

"Tengo que decírmelo". Pero la verdad es que no encuentro palabras para decírmelo. No sé como trabajarme a mí mismo. Esto aumenta aún más mi rabia. ¡Consejos vendo y para mí no tengo! Y, como no sé cómo expresarme para deshacer ese nudo que tengo armado, este no saber expresarme me produce un sentimiento de incomunicación muy fuerte, que me sume en una soledad honda. Nunca como ahora estoy experimentando la soledad y la incapacidad para salir de ella. Me gustaría tener cerca a algunas personas que me tiraran hacia arriba, al menos tanto como las circunstancias se empeñan en tirarme para abajo.

En éstas me encontraba, cuando recibí vuestra carta. Es como esas veces que sientes frío en la cama y no te apetece levantarte a echarte más ropa. Sigues pasando frío, a pesar de que te abrigas cada vez más con las mantas que tienes e, incluso, te haces un ovillo. Pero no hay manera. Hasta que te levantas, venciendo la pereza con decisión, no le pones remedio a la situación. Reconozco que yo, hasta recibir vuestra carta, me he mantenido en la etapa perezosa del abordaje, aun a sabiendas -porque no es la primera vez que me pasa- de que, hasta que no lo aborde, no voy a dejar de pasar frío. Todavía tengo frío. Pero vuestra carta ha sido el detonante que me ha hecho levantarme.

Aunque en mi carta anterior ya os hacía saber que no estaba muy animado, no esperaba que vuestra solicitud se volcara como lo ha hecho. Empezar vuestra comunicación, diciéndome que me queríais, fue muy importante para mí. Arrancó de cuajo mi sentimiento de soledad. Porque vosotros sí que me conocéis a fondo. Tanto como yo me conozco a mí mismo. Conocéis la fachada adornada y el interior de mi casa. Y, si este conocimiento de mí no os ha apartado, quiere decir que no estoy solo. Si me seguís queriendo, a pesar de la desnudez en que me he presentado ante vuestros ojos, quiere decir que soy aceptable. Que no sólo soy aceptable para vosotros, sino también para mí mismo ¡Y también para Dios! Porque, si el corazón de Dios es más grande que el vuestro -como me decís en vuestra carta, para que lo confirme desde mi fe-, ¿cómo voy a pensar que soy inaceptable y sujeto de la malquerencia de Dios? Al decírmelo me habéis señalado una tarea que he de hacer de ahora en adelante: mirarme con vuestros ojos sacramentales. Eso es lo que tengo que hacer, dejando de mirarme al ombligo.

Además, me ha ayudado mucho que me recordárais que Dios no hace basura. Que somos hechura de sus manos. Que no hay nada en nosotros, salido de sus manos, que sea malo o torcido. Que todo lo que Él hizo canta su gloria, su belleza y su bondad. Y que, con la basura que nosotros ponemos en el jardín de la historia, cuando nos apartamos del camino de vida que Él quiso que recorriéramos, Él saca beneficio para que las plantas adquieran más belleza y fecundidad. Que, aunque ninguno de nosotros pueda decir que es un ser celestial, nuestra vida puede ser un cielo, en el que disfrutar de la felicidad a la que Él nos llama. Así, con vuestras palabras y con vuestra cercanía solidaria, me habéis dicho que la historia no se redime a base de puños y de esfuerzo por editarse en piel de cocodrilo, sino a base de confianza radical en el Dios que nos quiere y nos acepta y acoge como somos para que podamos ser lo que aún no somos. El pasado no vuelve. No es volviendo al pasado como se renace y se adquiere un corazón nuevo. Es anticipando el futuro. Ese futuro que está en las manos amorosas de Dios. Es ese futuro lo que redime el pasado.

Os doy gracias infinitas por llenar mi corazón de fe y de esperanza. También por ser signo sacramental de la presencia de Dios en mi vida. Y, finalmente, también por llamarme a la apertura de mostrarme tal y como soy en mi fachada y en mi interior. Vuestro amor me sana. Por eso y por muchas más cosas os quiero tanto. Un fuerte abrazo.
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