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Asesinaron al obispo, pero no pudieron matar la verdad

Fernando Bermúdez - ECLESALIA -

    Era el 24 de abril de 1986. Monseñor Juan Gerardi acababa de hacer la presentación oficial del proyecto de la Recuperación de la Memoria Histórica en la Catedral de Guatemala en presencia de miles de creyentes de todo el país, de la Conferencia Episcopal en pleno, del cuerpo diplomático, y lo más sobresaliente, de familiares de las víctimas de la guerra.

    A la salida de la Catedral nos saludamos muy efusivamente, pues éramos buenos amigos, nos dimos un apretón de manos y me dice: “¿Qué le ha parecido”. Le felicité y quedamos vernos para charlar otro día más despacio. Pero… dos días después lo mataron.

    Ayer, 26 de abril, se cumplieron 12 años de la muerte martirial de este buen amigo y maestro espiritual. Hablo de “martirio” porque él fue asesinado por colocarse, al igual que Jesús, al lado de los pobres y de las víctimas.

    Monseñor Gerardi fue un incansable defensor de la dignidad de la persona humana, de los derechos humanos, particularmente de los excluidos y víctimas de la guerra, fue un pastor que amaba a su pueblo. Es por eso que, desde una opción pastoral, impulsó el proyecto de la Recuperación de la Memoria Histórica con el apoyo de la Conferencia Episcopal. Dos días antes de su muerte, dijo en la Catedral de Guatemala:

    “Cuando emprendimos el proyecto de la recuperación de la memoria histórica nos interesaba conocer la verdad, reconstruir la historia de dolor y muerte, ver los móviles, entender el por qué y el cómo. Mostrar el drama humano, compartir la pena, la angustia de los miles de muertos, desaparecidos y torturado; ver la raíz de la injusticia y la ausencia de valores”

    “Queremos contribuir a la construcción de un país distinto. Por eso recuperamos la memoria del pueblo. Este camino estuvo y sigue estando lleno de riesgos, pero la construcción del Reino de Dios tiene riesgos y sólo son sus constructores aquellos que tienen fuerza para enfrentarlos”.

    El obispo Gerardi al impulsar el proyecto de la recuperación de la memoria histórica, que incluía exhumaciones de los cementerios clandestinos, corrió el riesgo de ser malinterpretado, calumniado, perseguido por algunos sectores derechistas del país y asesinado por los militares. Siguiendo la recomendación del papa Juan Pablo II cuando hacía referencia a los crímenes del nazismo, Gerardi impulsó el proyecto de investigación y conocimiento de la verdad, para hacer justicia a las víctimas y para que nunca más vuelva a repetirse esa historia de dolor y de muerte.

    A monseñor Gerardi le dolía que la memoria de las casi 200.000 víctimas que causó la guerra quedara en el olvido y que la herida provocada por el conflicto armado persistiera en la sociedad. Buscaba la reconciliación, consciente de que ésta exige justicia y perdón. El perdón no está reñido con el conocimiento de la verdad y la justicia, señalaba el mismo Juan Pablo II.

    Al contrario, la impunidad frente a los crímenes de lesa humanidad cometidos por los militares perpetuaría la confrontación fraticida. Es por eso que monseñor Gerardi insistía en que “el conocimiento de la verdad es una acción altamente saludable y liberadora”. Algunos decían, como aún hoy dicen en España, que la recuperación de la memoria histórica abre heridas y crea división. Eso no es verdad. Ya lo decía Juan Pablo II que sólo la impunidad de los crímenes de lesa humanidad deja heridas sin cerrar. Sólo a través del conocimiento de la verdad, la justicia y la reparación, se puede alcanzar la reconciliación.

    Los enemigos de la verdad no toleraron la acción profética de Juan Gerardi. Querían que las víctimas del genocidio permanecieran olvidadas en multitud de cementerios clandestinos. Y por eso asesinaron al Obispo, creyendo que con matarle apagarían su palabra y acabarían con el proyecto de la recuperación de la memoria histórica. Gerardi sufrió con el pueblo sufriente su misma suerte. Fue víctima entre las víctimas.

    Hoy, doce años después, el testimonio profético de Gerardi es una fuerza liberadora para los pueblos que sufrieron la represión militar y un camino abierto, no sólo en Guatemala sino en toda América Latina y en el mundo entero, de búsqueda de la justicia, la paz y la reconciliación, para “contribuir a la construcción de un país distinto”.

    Monseñor Gerardi fue un testigo de la verdad, “mártir de la Paz y de la Reconciliación”. Por eso sigue siendo una fuerza creíble en el mundo de hoy. “El hombre contemporáneo escucha más atento a los testigos que a los maestros, o si escucha a los maestros es porque son también testigos” (Pablo VI, EN. 41). Este fue el obispo Juan Gerardi. Su palabra, su testimonio y su obra siguen vivas.

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