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Ante la xenofobia electoralista

José A. Zamora -

No resulta fácil escapar a las generalizaciones injustas o inexactas cuando se habla de las representaciones, las actitudes y los comportamientos xenófobos frente a la población inmigrante por parte de la población autóctona y de su vinculación con determinadas propuestas políticas. Del mismo modo que “los migrantes” son un colectivo plural, estratificado y culturalmente diferenciado, la población llamada “autóctona” también lo es. No existe un referente único de los discursos y las prácticas de dicha población en relación con los inmigrantes. Sin embargo, todas las propuestas teóricas sobre los prejuicios étnicos o racistas, desde las más clásicas a las más recientes, afirman la existencia de un vínculo entre las crisis económicas y los conflictos de reparto asociadas a ellas, por un lado, y el aumento de la xenofobia, por otro, lo que resulta bastante intranquilizante si tenemos en cuenta las dimensiones de la crisis actual.

El clima social y político que acompaña a las crisis se vuelve un campo propicio para la exteriorización de la xenofobía alimentada por los miedos y por la necesidad de imputar responsabilidades o de encontrar explicaciones sencillas a una situación compleja, no menos que por la de imaginar salidas más o menos expeditivas a los complicados problemas que se derivan de ella.

Por otro lado, el fenómeno migratorio, en cuanto que es uno de los fenómenos clave de la nueva globalización, ha contribuido como poco otros a una configuración multicultural de nuestras sociedades, que si bien siempre han sido más o menos plurales, ahora perciben con más evidencia la existencia de formas sociales, culturales y religiosas diversas y, al mismo tiempo, próximas. Esto tiene un efecto desestabilizador específico y un estrés identitario asociado a él que explicaría tanto la proyección de una supuesta homogeneidad cultural de la sociedad de acogida, como la identificación de los inmigrantes como una amenaza de dicha homogeneidad imaginada. En nuestro ámbito, sobre todo a partir de los atentados de las Torres Gemelas, esa amenaza es percibida de modo especial en relación con los inmigrantes procedentes de países de mayorías musulmanas, lo que ha producido un clima de creciente islamofobia en toda Europa.

Los diferentes informes que presentan la realidad de la discriminación, la xenofobia y el racismo (Movimiento contra la intolerancia, SOS Racismo, Agencia Europea de Derechos Humanos) nos advierten de un aumento de estos fenómenos muy por encima de lo que registran los organismos de las administraciones públicas de los países europeos y ponen en guardia frente a una posible escalada en acciones violentas con esa motivación. El hecho de que en este contexto grupos de individuos puedan ser considerados extraños, inferiores o peligrosos y, por tanto, objeto de discriminación o incluso de persecución y expulsión, despierta un interés que va más allá de los límites de la mera teoría. Y esto es así porque dicha consideración tiene efectos reales, y a veces fatales, sobre esos grupos. La movilización social y política de los prejuicios pone en peligro la dignidad, la integridad y la libertad de individuos concretos o de grupos enteros.

El intento de responder por medio de la clarificación discursiva y la argumentación, ya sea en el medio educativo o en otros medios, choca frecuentemente con las estructuras del prejuicio, que se muestran relativamente inmunes a esta manera de abordarlas. Ni siquiera la confrontación social durante décadas con la quiebra civilizatoria del nacionalsocialismo y el genocidio judío ha conseguido eliminar el potencial de amenaza del antisemitismo y el racismo. Dicha confrontación parece haber ayudado más bien a una especie de separación entre los discursos políticamente correctos en la esfera pública y un sustrato de prejuicios latente y persistente, que una vez que cambia el marco social, el discurso mediático o el contexto político, se exterioriza y comienza a organizarse (también políticamente). Por eso, si bien es cierto que se ha conseguido tomar conciencia de las estructuras del prejuicio y desacreditarlo, por otro lado asistimos a su estabilización como mecanismo de reacción defensiva y elemento de la identificación nacional. Estamos pues ante un problema fundamental para la integración de la población inmigrante. Y esto no debería olvidarse especialmente cuando los partidos luchan por conseguir unos votos.

Visto en Cristianisme i Justicia
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