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Ángel Garachana: “La violencia más grave es la inequidad social” Obispo de San Pedro Sula (Honduras)

José Luis Celada. VIDA NUEVA -
A sus 63 años y después de 13 como obispo de San Pedro Sula, Ángel Garachana sabe lo que es llevar la cruz diaria de las muy diversas manifestaciones de violencia que sufre Honduras, aunque “la más grave de ellas ‐dice‐ es la inequidad social”. Junto a la Iglesia del país centroamericano, embarcada ahora en la misión continental impulsada desde Aparecida, trata de revertir una realidad lastrada por el desinterés de los políticos y las escasas expectativas de la población.

En el contexto latinoamericano, ¿hay algo propio de Honduras que reclame una especial atención?

Dos puntos de la situación en Honduras, Guatemala y El Salvador aparecen con poco relieve en las radiografías continentales. Uno es la violencia. En Honduras se han hecho encuestas en las que el 73% de la población respondió que la violencia es el problema más sentido. Para mí, la violencia más grave es la inequidad social, aunque la gente sienta más viva, inmediata y crudamente la violencia.

Hay otro punto. En países como Chile, Argentina, Colombia…, la corriente secularizada o secularista tiene ya más fuerza. En cambio, en Centroamérica está muy arraigada la “religiosidad natural”, ese humus o sustrato de la persona que es aún religiosa. Hoy día en Honduras está emergiendo con mucha fuerza lo sagrado, lo religioso, lo mistérico, que luego se expresa de muchas formas: hay quien va a la curandera, quien invoca a los espíritus, quien toca al santito, quien busca a Dios en oraciones muy afectivas… Las expresiones son diversas, pero hay ese sentido religioso, esa sed de Dios, de lo divino…, y nosotros tenemos que responder a eso.

¿Cómo lo están haciendo desde la Iglesia?

Con una pastoral no sólo doctrinal, que llegue al conocimiento con verdades y afirmaciones, sino que lleguemos también al corazón. Nuestro pueblo necesita una religión vivida. El elemento afectivo es predominante. Así es su cultura y así quieren vivir la religión. Por eso, procuramos que la liturgia sea muy participada, que la expresen con signos, gestos, aplausos…, que la oración sea cálida. Necesitamos recoger esta dimensión afectiva y lograr la armonía con el elemento moral, de comportamiento, de la fe, de tal modo que se dé esa síntesis de afectividad, compromiso y convicciones. Porque si no respondemos a esta sed de Dios, la gente busca en otros sitios. Hemos de saciar esta sed de diversas maneras: con la lectura orante popular de la Palabra; con una liturgia viva, inculturada, más participativa, no tan fría; y con una oración personal que sale del corazón.

Hay botra respuesta que San Pedro estamos queriendo potenciar: esa religiosidad necesitar  ser más evangelizada;  si no se la hace madurar, que de religiosidad pase a ser una fe vivida, compartida en las comunidades, es muy débil para resistir los embates de las corrientes que están viniendo.

Y la violencia, ¿cómo tratan de afrontarla?

Es un tema que nos hace sufrir mucho y difícil de afrontar. Las respuestas del Gobierno ‐y lo extiendo a Guatemala, El Salvador…‐ son muy represivas, y esto suele tener sólo efectos inmediatos. Se introdujo la ‘tolerancia cero’ para la violencia de las maras y las pandillas, pero este camino se muestra poco eficaz a la larga, porque no afronta los problemas fundamentales. Lo que la Iglesia plantea al Gobierno es insistir en políticas a medio y largo plazo en educación y empleo. Si el joven no tiene ni educación ni trabajo, ¿qué hace en una colonia marginal de 80.000 habitantes, donde ni hay lugares para el deporte?

La Iglesia, además, colabora con el Gobierno en “la educación no formal” desde varios ámbitos: con el ‘maestro en casa’ (educación primaria, secundaria y bachillerato por radio), un programa creado por una salesiana y extendido por todo el país; con los niños y adolescentes en riesgo. En San Pedro, en concreto, tenemos dos instituciones, llevadas por misioneros españoles laicos en colonias marginales: ‘Amigos para siempre’, que ya tiene 15 años, y ‘Paso a paso’.

¿Qué aprende la Iglesia de toda esta realidad herida?

Yo he aprendido a estar muy cerca de la gente, a escuchar y sentir sus problemas y sus dolores. También aprende uno de la fortaleza que tienen. A veces es resignación, pero con una fortaleza interior que nace de una fe profunda. Aprendes esa fortaleza ante tanto sufrimiento, aunque habría que darle un tono de cierta lucha y organización para defender la vida, no sólo de resignación.

Mi primera actitud siendo ya obispo fue la de aprender de la gente. Y he aprendido muchas cosas, entre otras, a dejarme querer… y ayudar. Parece una contradicción que un pueblo con tanta violencia sea tan cariñoso. El misionero que ha estado en Honduras ya no quiere irse, porque la gente le gana el corazón por su cercanía y afecto. En este sentido, el trabajo es más gratificante que en la España de hoy.

Misión continental:
¿En qué debería cambiar la Iglesia para que su misión continental resulte más profética entre la gente?

 Algunos plantean la gran misión continental como algo novedoso, pero sólo lo es el hecho de que se quiera llevar a cabo en toda América Latina y El Caribe a lo largo de unos años. Las misiones evangelizadoras no son nuevas; hay ya muchas experiencias en diversos países e iglesias particulares, que se preparan larga y detenidamente por lo menos durante un año. La misión empieza saliendo a las casas, a ser posible a todas, para lo cual hay que preparar a miles de laicos o de religiosas como visitadores de hogares, porque la misión pretende hacer que la Iglesia, la diócesis, la parroquia salgan. Tras varias visitas y reuniones y un diálogo frecuente, se constituyen pequeñas comunidades. Pero el gran reto es la continuidad de estas comunidades. Si la misión no se hace en el contexto de un gran proyecto pastoral de la diócesis, se reduce a un tiempo fuerte, interesante, pero nada más. De ahí la importancia de una escuela de formación, porque la garantía de continuidad de las comunidades es la presencia de los animadores.

Otro elemento clave es que la predicación del Evangelio suscite comunidades que transformen poco a poco la realidad que les rodea, comunidades de discípulos y creyentes, fraternas y misioneras, de las que surjan nuevas comunidades, en una misión permanente. Y comunidades que son también samaritanas, muy atentas a los problemas de su aldea, de su pueblo o de su barrio.

¿Qué pueden aportar a las Iglesias de Europa sus hermanas latinoamericanas?

Cuando viajo a España tengo la sensación de que la Iglesia está como un poco apagada, fría, sin ganas, desalentada, mientras que en Honduras tiene entusiasmo, está viva, hay esperanza… Sin embargo, numéricamente, tiene más laicos que la nuestra, y son más y están más preparados los que aún van a la iglesia. No sé a qué se deberá, porque estoy un poco desconectado, pero, en el contexto actual de gran secularización, me pregunto: ¿será todo tan negativo como parece? Mirada con ojos esperanzados, la caída tan rápida del régimen de cristiandad, ¿no ofrece la posibilidad de rehacer un cristianismo más personalizado, con procesos de catecumenado de adultos que buscan precisamente a Dios porque tienen ya todo y no les llena? Por ahí puede ir un camino. Me parece que añorar los tiempos que vivimos antes es vivir sólo del recuerdo, y que hay que ser creativos, buscar nuevas formas de respuesta.

Veo que son tiempos, además, para vivir desde la fe. Quizás hemos vivido mucho tiempo una fe basada también en apoyos sociológicos, que son buenos y necesarios, pero necesitamos una fe más depurada, más personalizada. En este sentido, son importantes las comunidades, porque vivir la fe solo, a la intemperie de la indiferencia o la irrisión, no es fácil. La comunidad será el ámbito para compartir, robustecer y formar mi fe y, al mismo tiempo, una rampa de lanzamiento al testimonio y al anuncio en medio del mundo.

Decepción política.
¿Tienen sus pueblos los dirigentes más adecuados, o no hay mucho donde elegir?


Es sentir común de los obispos de Centroamérica que en el pueblo hay una decepción con los políticos. Pero, a la hora de las elecciones, vuelven los mismos una y otra vez. No emergen otros porque un grupo de personas y familias lo tienen copado todo. En Honduras, quienes manejan la política son quienes manejan la economía y la posesión de la tierra. Es muy difícil que el pueblo se organice para romper esa argolla tan potente.
 
A esa insatisfacción y falta de recursos o fuerzas del pueblo se une la falta de interés de los políticos para que la situación cambie y para buscar formas de romper ese monopolio.
Decía un politólogo que el mayor obstáculo a una transformación del sistema político en Honduras está en el Congreso, que aprueba leyes que van en perjuicio del pueblo, como la Ley de Minería, aprobada al día siguiente del ‘Mitch’ y que vendió el 30% del país.

Pese a todo, la Iglesia de Honduras está trabajando en este campo, formando la conciencia ciudadana en las bases: ya que no podemos cambiar fácilmente de presidente y congresistas, empecemos cambiando los alcaldes, trabajando con personas honestas, delegados de la Palabra, promotores sociales de la aldea…, a ver si por ahí se puede ir haciendo algo. Ya se consiguió separar el voto de presidente y congresistas del voto de las alcaldías, que ha sido un paso, pero no es fácil. Y cuando llegan las elecciones, a través de Cáritas, se hace todo un trabajo formativo bien interesante, muy popular y comprensible, para enseñar a la gente esa conciencia ciudadana. Es la única posibilidad de ir rompiendo los esquemas actuales.

Además de la violencia o el fenómeno migratorio, ¿qué otros aspectos de la actual realidad hondureña exigen atención urgente?

Yo resaltaría, y mucho, la inequidad social. Hay países que son pobres, pero todos son pobres. El problema es cuando se da una inequidad tan fuerte. Cuando un 72% de los más de siete millones de habitantes que tiene el país vive en la pobreza, cuando casi un cuarenta y muchos vive en la indigencia, cuando los gobiernos dicen que hay un crecimiento económico pero no se ve un cambio. Es tremendo.

A veces uno siente la tentación de la desesperanza, y el efecto más inmediato es la emigración, signo de esta pobreza. Lo más grave es que no se ven deseos y planes de gobierno a medio y largo plazo. Los gobiernos cambian cada cuatro años y no hay consensos para el desarrollo del país. Es lo más doloroso, sobre todo porque quienes sufren no son números, sino personas.

Y ahí sigue la Iglesia, insistiendo, haciendo lo que podemos, porque la Iglesia es para todos, pero debe estar primero con los pobres y, desde ahí, mirar toda la realidad.

¿En qué puede contribuir Aparecida a todo ello?

Ojalá que sepamos potenciar las grandes líneas manifestadas claramente en Aparecida: la evangelización, la fe comunitaria, la opción por los pobres, la opción por la vida… y que hagamos que cada diócesis, cada iglesia particular, hasta la última pequeña comunidad, reciban este mensaje, este espíritu, estas líneas. Sólo entonces la V Conferencia será efectiva. Porque lo verdaderamente decisivo es el post‐Aparecida, y la animación de la post‐Conferencia depende de los obispos que participamos en ella, de que seamos capaces de inyectar ánimo, entusiasmo y coraje para el trabajo pastoral.

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UN VIAJE DE IDA Y VUELTA
 
El claretiano burgalés llegó a Honduras por primera vez en 1972, recién ordenado, y allí estuvo tres años “para abrir los ojos”. Vio, oyó, pensó y preparó un plan pastoral para las comunidades que le entregó a su antecesor, monseñor Jaime Brufau. Y se volvió a España, donde durante casi dos décadas dirigió infinidad de ejercicios espirituales con religiosas, formó a jóvenes miembros de su congregación y fue profesor en el Instituto de Vida Religiosa de Madrid. Pero cuando más enfrascado andaba en el ámbito de la formación, la teología y el gobierno, fue enviado al país centroamericano como obispo de San Pedro Sula.

Su cultura europea y su sobrio carácter castellano al servicio de una realidad bien distinta. “Bueno, Ángel, aquí te quedas, yo me voy a Tegucigalpa, si hay algún problema me llamas”, le dijo el cardenal Maradiaga apenas fue consagrado. Tenía ante sí una diócesis con un millón y medio de habitantes y poco más de 40 sacerdotes. Corría el año 1995 y, desde entonces, Ángel Garachana ‐que durante ocho años ha formado parte también del Departamento de Vida Consagrada del CELAM‐ sólo ha pretendido ser un “obispo cercano”, deseoso de mirar a su Iglesia de San Pedro no desde el barrio de Buenavista y sus “escandalosas mansiones”, sino “desde abajo, desde los pobres”.

Extraído de la Revista Vida Nueva
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