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Hace unos años, un ministro presbiteriano conocido retó a sus feligreses a abrir, con mayor compromiso, sus puertas y su corazón a los pobres. Los feligreses respondieron inicialmente con entusiasmo. Se pusieron en marcha una serie de programas que invitaban activamente a acercarse a su iglesia a la gente de las áreas de la ciudad menos privilegiadas económicamente, incluyendo varios vagabundos o “gente-sin-techo”.
Pero el romanticismo inicial decayó pronto conforme comenzaron a notar que desparecieron tazas de café y otros objetos sueltos, que se robaron algunas carteras o bolsos de mano, y que la iglesia y el salón de reuniones quedaban frecuentemente sucios y desordenados. Varias personas de la comunidad comenzaron a quejarse y a pedir que acabara el experimento: “¡No es esto lo que esperábamos! ¡Nuestra iglesia ya no está limpia ni segura! “Queríamos acercarnos y alcanzar a esa gente… y esto es lo que conseguimos! ¡Demasiado desorden como para continuar todavía!”
Pero el ministro presbiteriano se mantuvo firme, señalando que las expectativas de los fieles eran ingenuas, que lo que estaban experimentando era precisamente parte del costo de tratar de llegar a los pobres, y que Jesús nos asegura que el amar comporta riesgo y desorden, no sólo en llegar a los pobres, sino en llegar a cualquiera.
Nos quedamos satisfechos pensando que nosotros mismos somos atentos y cariñosos, pero –digamos la verdad–, pensamos así basados en una noción de amor excesivamente ingenua y romántica. En realidad no amamos como Jesús nos invita a amar cuando dice: “¡Ámense unos a otros como yo les he amado!”. La coletilla de la frase contiene el desafío: Jesús no dice, ámense unos a otros según las mociones espontáneas de su corazón; tampoco, ámense unos a otros según la definición de amor de la sociedad de turno, sino más bien: “¡Ámense unos a otros como yo les he amado!”
Y la mayoría de nosotros no hemos logrado eso:
Después de la muerte de su mujer Raissa, el gran filósofo cristiano francés Jacques Maritain publicó un libro que recogía los diarios personales de ella. En el Prefacio de ese libro Maritain describe la lucha desigual de Raissa con la enfermedad, que finalmente la llevó al sepulcro. Debilitada gravemente e incapaz ya de hablar, luchó enormemente en sus últimos días. Su sufrimiento probó, e hizo madurar también, la propia fe de su esposo Maritain. Sumamente serio al comprobar los sufrimientos de su esposa, escribió: “Solamente dos tipos de personas piensan que el amor es fácil: Los santos, que a través de largos años de sacrificio propio han alcanzado un hábito de virtud, y los ingenuos, que no saben de qué están hablando”.

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Martha
Feria
Jn 16,16-20. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría.
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