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Amar a Dios con todas las riquezas (II)

Ángel Aparicio Rodríguez, cmf. -
   No voy a hablar de la pobreza o de la riqueza en sí, sino de la pobreza o de la riqueza de los religiosos. Queremos vivir pobres, según el ejemplo de Cristo, «en el uso de los bienes de este mundo necesarios para el sustento cotidiano» (ET 16). La presencia de los pobres y nuestras obras de apostolado nos imponen, dejó dicho Pablo VI, «un uso de los bienes que se limite a cuanto se requiere para el cumplimiento de las funciones a las cuales estáis llamados» (ET 18). Es decir, los bienes de los religiosos están en función de su misión carismática en la Iglesia. Tampoco es necesario que abunde en citas referentes a nuestros bienes y a su destino.

    Pretendo abordar el tema de nuestros bienes y de nuestra pobreza a la luz de la Biblia. Con motivo de la XVI jornada mundial de la vida consagrada el papa Benedicto XVI nos dijo: «La vida consagrada hunde sus raíces en el Evangelio; en él, como en su regla suprema, se ha inspirado a lo largo de los siglos; y a él está llamada a volver constantemente para mantenerse viva y fecunda, dando fruto para la salvación de las almas» (Revista «Vida Religiosa», 105 [2008] 116-117). La misión de los institutos religiosos es «recordar que todos los cristianos han sido convocados por la Palabra, para vivir la Palabra y permanecer bajo su señorío» («Vida Religiosa», 117-119). Habida cuenta de nuestro ser y de nuestra misión, ¿cómo valorar nuestras riquezas y qué destino han de tener? Mi propósito es dar una respuesta a esta pregunta desde la Escritura. ¿Será posible?

    Llama la atención un hecho. La sociedad judía en la que nace la Iglesia vive básicamente en una economía de subsistencia; pese a ello, Mateo concede un puesto relativamente importante al dinero o a los bienes. Siguiendo una lectura lineal del primer evangelio, es posible agrupar la importancia y finalidad del dinero en un primer tríptico, formado por tres dineros de distinta procedencia: de los reyes (Mt 2,11), del tentador (Mt 4,1-8) y del trabajo (Mt 4,18-22). El segundo tríptico está dedicado a lo que podemos denominar el dinero cristiano, aquel al que alude el sermón del monte (Mt 5,23-25; 6,1-18; 6, 24,33). Viene a continuación un díptico se ocupa de los impuestos: el impuesto religioso (Mt 17,24-26) y el impuesto político (Mt 22,15.22). Finaliza el recorrido por el evangelio de Mateo con un nuevo tríptico, en el cual aparece el dinero en tres parábolas: la del perdón (Mt 18,23-25), la de la gratuidad (Mt 10,1-16) y la parábola del servicio (Mt 25.1-46). Leído de este modo el evangelio de Mateo, llega el momento de responder a la pregunta inicial de esta introducción: ¿Son bienaventurados los pobres por el hecho de ser pobres? ¿Qué pobreza es declarada dichosa por los evangelios, tanto de Mateo como de Lucas? En la conclusión intentaré esbozar un apunte sobre nuestra forma de vida cristiana en la Iglesia: somos personas consagradas, si bien en cada apartado iré sugiriendo algo.

Para pensar

El mensaje evangélico restituye el dinero a su verdadero dominio. Le devuelve su carácter profano. No tiene derecho alguno en erigirse en anti-Dios, en avasallar al hombre. Mas, una vez restablecido en su lugar, debe jugar un papel de servidor. El cristiano ha de darle al dinero ese papel de servidor, y, a la vez, testimoniar contra él, cuando se levanta como enemigo del Reino de Dios. La fidelidad al Reino exige el buen uso del dinero, que llega a ser un medio de comunión fraternal (Trémel, Dieu ou Mammon, LV 39 C1958C 31).
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