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Sí, estuve perdido cinco días, utilizando los pies descalzos para llegar a cuatro pueblos. Cayéndome la lluvia durante más de cuatro horas en una de esas caminatas. La camiseta y la mochila se me pegaban al cuerpo. Iba en traje de baño. El bosque estaba oscuro. Mis pies resbalaban una, ocho veces, ¡más! El que me conducía, impertérrito y con una carga mayor que la mía, no se cayó ni una vez siquiera. Volvió a pasar una serpiente delante de mis narices. Ya no sé si me dan miedo o es que estaba tan cansado, que ésta en concreto ni susto me ha causado. Al llegar a Cuñumbuza, casi tiritando, bebí aguardiente que los moradores me ofrecieron. “Tengo hambre”, les dije. Y no veáis qué plato con carnes de sajino, venado, picuro y carachupa. “¡Caramba! –repetí-. Tengo hambre, pero no tanta, buena gente”. Me cambié de ropa o quise cambiarme de ropa, porque en el interior de la mochila todo estaba fatalmente empapado. Hasta las hostias de la misa se habían convertido en una pasta blancuzca y viscosa, inservibles. Mis documentos daba pena verlos. De remate y por la noche, procurando yo hacer algo por secarlos, un niño que me ofrecía en ese instante un bote con kerosene como alcuza, derramó el combustible sobre parte de esos documentos. Ah, qué bien viene vivir al menos durante unas horas de este modo improvisado. Siempre en busca de esta tierna historia de los pobres. Es un privilegio, es un gozo poder recorrer esta inmensa y desbordada historia.
Feria
Jn 16,16-20. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría.
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