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Alentadores de la fe de sus hermanos

Francisca Rosique (periodista) -
A una servidora le gustaría que los curas fueran como dice el Evangelio de la Virgen, esos creyentes que oyen la Palabra de Dios y la ponen en práctica -con algunos matices-, naturalmente. Porque han recibido una llamada especial, una vocación, a vivir el Evangelio desde un amor a Jesucristo que se comunica a toda la comunidad y, especialmente, a los más pobres (y hay muchas clases de pobreza); a esos a los que no es fácil que nadie mire si Dios no mira.

No niego que el cura ha recibido un ministerio, que preside el culto y nos ofrecen a Jesucristo en los sacramentos. Pero a mí me gusta verle como alentador de la fe de la comunidad; como ese hombre que entre las muchas «personalidades» que todos llevamos dentro, ha hecho de la llamada de Dios a vivir por el Reino en la entrega a los demás, el aspecto más realáe su existencia. Naturalmente no creo en los «profesionales» del sacerdocio sino en los sacerdotes que «profesan» nutriendo su propia fe en la plegaria, viviendo pobremente y para los pobres. Recuerdo a mi paciente párroco que, con su úlcera de estómago a cuestas, escuchaba -supongo que mis aburridas- confidencias de los catorce años como si no tuviera otra cosa que hacer.

La idea de un cura «personaje» es absolutamente trasnochada. Una imagen que corresponde a pasados, y afortunadamente pasados, tiempos. Los cristianos estamos para servir y no para servirnos de los demás y cuando no lo hacemos así, mentimos y almacenamos frustraciones.

El mejor servicio que los curas pueden hacer a la fe propia y ajena es vivir con entusiasmo su vocación por el Reino. En la medida en que la viven, también las comunidades somos más fraternales, más evangelizadoras y más creativas. Todos nos preocupamos más de todos y buscamos ser esa iglesia-comunión, sal y luz, que construye con otros hombres y otras mujeres de otros credos o sin credo un mundo más justo y más humano.

Algunos curas no tienen en cuenta a los laicos para nada, no han «entrado» por la comunidad y posiblemente tampoco por lo que dice el Nuevo Testamento de los carismas de la comunidad. Los curas posconciliares sí han hecho un esfuerzo de actualización en este sentido y se nota. Por otra parte, no nos engañemos, el no parecer como fac totum reclama de ellos mucho trabajo oculto, mucha elegancia y sencillez, y los laicos no somos tan tontos que no nos demos cuenta y no lo valoremos. Lo valoramos, como valoramos la generosidad y el desprendimiento de las personas que viven la madurez de una donación constante desde las Bienaventuranzas. Ellos son los «santos» de nuestras comunidades y, entre ellos, a veces se encuentra el cura!.
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