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Adviento, memoria de la esperanza

Bonifacio Fernandez, cmf -

 En las próximas semanas, la liturgia, la predicación, muchas de nuestras afirmaciones, hablarán de esperanza. ¿Qué queremos decir? ¿Cómo entender su significado en este planeta de comienzos del siglo XXI? La historia, dice el autor, está cristo-finalizada. Estamos ya en la cuenta atrás: ¿de qué?

(GIF) La imaginación es la vigilia del pensamiento. Antes de transformar el mundo futuro lo imaginamos y pensamos de otra manera. Los relatos de ciencia-ficción son abundantes en nuestra época. Imaginan un mundo sin males, sin enfermedades; imaginan también la amenaza de destrucción del planeta. En cualquier caso, nos invitan a imaginar un mundo distinto, a no ser meros espectadores pasivos de una historia que sigue su curso de forma determinista.

Nuestra vida cotidiana funciona sobre miles de suposiciones; tenemos confianza en que las cosas van a seguir funcionando bien en el futuro; que mañana va a amanecer, que vamos a ir al trabajo, que necesitamos alimentarnos... Pero al mismo tiempo, nuestra vida está estructurada sobre el futuro probable.

Podemos distinguir entre los futuros probables, los futuros posibles, y los futuros preferibles1.

Todos los días oímos noticias de campeonatos deportivos; hay personas que tienen el sueño de ser los primeros, de lograr un record. Y a eso condicionan mucho tiempo de sus vidas. Son grandes sueños que organizan y mueven las mejores energías de su cuerpo y de su espíritu. Tienen un sueño y luchan por conseguirlo. Se trata de superarse a sí mismos. Y de competir con los demás.

Pero como nos recuerda San Pablo sólo uno gana; los demás no llevan el primer premio. En muchos deportes, pierden.

A VUELTAS CON EL FUTURO

Pero la mayoría de los seres humanos en nuestras sociedades viven otras expectativas y aspiraciones: sueñan tener un buen trabajo, un buen sueldo, pasarlo bien, contar con mucho tiempo libre, formar una familia. Lo común, lo normal, lo establecido y la participación en la tarta del mercado parecen ser lo que más seguidores tiene en nuestra sociedad. Por eso mueren las utopias de tener iniciativas propias, de vivir algo diferente prosiguiendo proyectos propios.

En una cultura del presente parece que no hay cabida para el futuro, para los sueños y las utopías. Lo que tiene vigencia es lo concreto, lo útil y práctico. Imaginar y soñar el futuro parece una pérdida de tiempo; sería crear meta-relatos sin influencia en lo actualmente posible. Hay que vivir muy pegados a la vida real e inmediata; la vida se juega a corto plazo; los plazos largos son imprevisibles y se quedan en fantasías. En el tiempo posmoderno estamos vacunados contra los grandes mitos y relatos de la modernidad: la fe ciega en la razón, en la ciencia, en la técnica; la confianza en el poder redentor de la revolución, del progreso, de la biotecnología.

Vacunados contra las grandes causas de la modernidad, los hombres y mujeres posmodernos se han vuelto relativistas y escépticos. Prefieren el pensamiento débil. Se mueven en el mundo de lo efímero y de los impactos emocionales. Se sienten en el fin de la historicidad, pierden la memoria del pasado e incluso la conciencia del pasar del tiempo. La diacronía de lo transitorio cede su influjo ante la sincronía de lo global.

Pero incluso en esta cultura llamada posmo-dema el futuro sigue formando parte inseparable del presente. El territorio del mañana es el campo de la libertad y, por ende, es imprevisible2. Pero es irrenunciable. Es incoercible la pregunta: ¿qué clase de futuro queremos? ¿A qué futuro queremos ir? ¿Cuáles son nuestros sueños y utopías? ¿Han muerto o, en realidad, sólo han cambiado de semblante y de lugar? ¿Cuál será el futuro del futuro que esperamos? La vida consagrada, ¿quiere ir realmente hacia el futuro? ¿Cómo lo imagina? ¿Cómo lo está preparando? ¿Nos sobreviene o lo anticipamos? ¿Tenemos voluntad y coraje para construir el futuro en la medida en que está en nuestras manos de creyentes?

El futuro como desgracia: temor y angustia

El ser humano está orientado irremediablemente hacia el futuro. El futuro es una dimensión esencial del ser humano, en cuanto ser temporal y contingente. El ser humano se pregunta no sólo quién soy, sino también quién seré, qué futuro me aguarda, qué será de mí. Y conjuga el verbo también en plural: ¿Qué será de nosotros? ¿Qué futuro nos aguarda? ¿Qué porvenir estamos preparando?

Para muchas personas el futuro aparece como negativo; aparece como desgracia: se presenta como continuidad del hambre presente, como aumento de la pobreza presente o sobrevenida, como enfermedad... En último término, el futuro aparece como perdición y fracaso de la historia. No será un logro de la vida; será una catástrofe, humana y cósmica.

El tiempo presente es siempre frontera del futuro y memoria del pasado. Pero actualmente vivimos el corte en la transmisión de valores y pautas culturales. Hay una ruptura de la tradición en muchos órdenes de la vida. Se constata que se borra la memoria cristiana en muchos jóvenes y adultos3. Y según muchos historiadores y sociólogos habríamos entrado en una época pos-cristiana.

Vivimos la experiencia de un corte en la transmisión de la fe y de la fuerza encantadora de ciertos carismas. En nuestras congregaciones y órdenes el futuro se presenta problemático. Hacemos insistentemente la experiencia de que no hay un futuro mejor para nosotros en la historia. Pasamos por tiempos en los que experimentamos la falta de fecundidad de nuestras vidas y carismas.

Ante este futuro que se acerca como desgracia, la actitud humana con que lo recibimos es de temor o miedo; incluso de angustia.

Como en tiempos de apocalíptica, en nuestro tiempo mucha gente está viviendo bajo el poder apabullante del mal, de la violencia, del hambre. La vida está amenazada por todas partes. La creación de Dios ha sido pervertida. El poder del mal se muestra con prepotencia. Amenaza las experiencias básicas de sentido.

En el ámbito griego, Casandra profetiza a los tróvanos que el futuro llega de modo fatal y determinista. El futuro es inevitable. Pero interesa adivinarlo para poder prepararse a la prueba del futuro.

Cuando el futuro se presenta como negativo y desgraciado, lo que suscita en el presente son sentimientos de miedo. Se experimenta el miedo al futuro tanto en el plano personal como en el colectivo: miedo a la enfermedad y al sufrimiento, a la falta de amor y al abandono. Cuando el futuro se presenta negativo en dimensiones que afectan a la vida misma de las personas, el temor se convierte en angustia4.

En la perspectiva personal

El temor anticipa el futuro. Supone que es negativo. En la dimensión personal supone que la existencia humana amenazada por la muerte es absurda, que no tiene sentido digno de ser vivible. Entonces se produce el estado de ánimo que llamamos angustia, tedio vital. El exis-tencialismo tematizó esta dimensión hasta cansarse. En la perspectiva del absurdo la vida da náusea. El miedo imposibilita imaginar el futuro. Mata la fe en el futuro. Pero, al mismo tiempo, también es cierto que "el miedo llama a la puerta, la fe salió a abrir, y no había nadie".

En la perspectiva congregacional

Vemos cómo se cierran presencias monásticas, cómo se reducen los recursos humanos de evangelización. Esto afecta a las obras. Vivimos una situación histórica de disminución en el primer mundo. Experimentamos cierta esterilidad vital que se muestra en la incapacidad para seguir engendrando congregación mediante nuevas vocaciones, nuevas iniciativas de misión. También constatamos un crecimiento en las iglesias jóvenes que equilibra las estadísticas. Biológicamente rejuvenecen a las congregaciones. Esta actitud de miedo al futuro afecta también a las personas y a su capacidad de imaginar y desear el futuro. Por eso es indicada la pregunta: ¿quiere la vida consagrada ir al futuro? ¿Adonde quiere ir? ¿Qué futuro desea realmente vivir?

En la perspectiva global

Vivimos un mundo globalizado, pero dividido. Las desigualdades crecen entre los pueblos, entre los que cuentan y los que no cuentan, los países olvidados, sobrantes. Las inmensas desigualdades aumentan el miedo al futuro tanto en el norte como en el sur. Por distintas razones. El sistema democrático liberal, dominado por la tecnocracia, no puede garantizar un futuro humano. No puede ofrecer más que ’más de lo mismo’. El futuro prolongará la desesperanza actual. En este campo sólo tienen vigencia la lógica de la razón instrumental y la del mercado. No se necesitan visiones, ni sueños, ni profecías de futuro. No hay esperanza digna de tal nombre.

El futuro utópico: esperanza activa

Nuestra percepción de futuro implica el deseo de que sea distinto. Deseamos un futuro que supere lo negativo del presente. Tenemos visiones, sueños, profecías de un futuro mejor. Nos apasiona explorar el territorio del futuro. Pero éste es esquivo. La historia de las utopías es la historia de los esfuerzos por conquistar el futuro. Por eso sería catastrófico para la humanidad que se murieran las utopías; moriría una gran energía de la humanidad; significaría una gran pérdida.

Necesitamos mantenerlas vivas. Los sueños no son un lujo; son una necesidad. Las utopías son como las estrellas: son inalcanzables, pero orientan en medio de la oscuridad. Son también como el horizonte: no se alcanza, pero hace moverse constantemente hacia él. Las utopías expresan un futuro posible, aunque todavía no sea realizable. Y un futuro más habitable según diferentes escenarios.

Y no olvidamos que la esperanza es la pasión por lo posible. Y las utopías la ponen en movimiento. Suscitan la creatividad, el talento, el ingenio. Queremos construir un futuro globalizado no sólo en las finanzas y en los medios de comunicación, sino también en la solidaridad y la fraternidad. Deseamos un futuro de desarrollo sostenible, que respete la creación con sentido ecológico. Construimos un futuro de paz y fraternidad, donde los conflictos se solucionen racionalmente y no por medio de la violencia y de la fuerza. Luchamos por un mundo sin discriminaciones de razas, género, religiones, culturas o clases sociales... Toda una larguísima hilera de científicos, políticos y artistas trabajan cada día por un mundo más humano y habitable. Están movidos por la esperanza viva de superar la enfermedad, de conocer más ampliamente la realidad del mundo, de explorar sus posibilidades. Hay muchas energías invertidas cada día en lograr un mundo mejor, de más justicia, más paz y cuidado de la creación; que no despilfarre las energías ni el agua limpia, sino que de futuro al futuro.

Pero todas esas enormes energías humanas no pueden olvidar que en el campo del mundo la cizaña crece junto con el trigo, que la historia sigue siendo el campo de batalla entre el amor y el egoísmo, la justicia y la injusticia. Existen también muchas energías antiutópicas en el campo de la historia: el poder del mal, de lo negativo; el poder de la violencia. Y la gran anti-utopía, donde todas las demás se estrellan y fracasan, es la muerte.

El futuro como promesa: esperanza teologal

Pero el futuro no es sólo objeto de planificación y de utopías humanas. Existe una dimensión del futuro que, además, está garantizado por la promesa de Dios. Se trata del futuro último, radical, que se refiere al sentido pleno de la vida y de la historia humana. Se llama reino de Dios, justicia de Dios, familia humana.

El futuro como absoluto no consiste en un mundo feliz más allá de la calamitosa historia actual. No es proyección de los deseos de venganza que brotan en medio de la injusticia presente e imaginan un paraíso terrestre. La esperanza de la victoria definitiva de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio, de la justicia sobre la injusticia, brota de la vida, muerte y resurrección del Mesías. La resurrección del crucificado constituye el modelo, la primicia y la causa de la resurrección universal. En cuanto primicia, es también promesa del porvenir; en cuanto causa, es anticipación del futuro; en cuanto modelo, es incitación y llamada a resucitar.

El Resucitado está en camino hacia la Parusía; nos precede y nos lidera; nos coloca a la espera de su propia glorificación plena. Siguiendo al Resucitado, la comunidad de los discípulos ha saboreado el aperitivo de la plenitud. Y no puede conformarse a este mundo temporal.

El tiempo litúrgico del Adviento combina una triple mirada. Contempla en primer lugar el gran acontecimiento de la encarnación del Hijo de Dios, la gran visita de Dios escondido y revelado en nuestra carne humana. Y en cuanto tal, el tiempo de Adviento, en sus textos, oraciones y ritos, es memoria gozosa y agradecida. En segundo lugar, contempla el adviento del acontecimiento de la Parusía; y lo ve no como un hecho que la historia retrasa indefinidamente, sino como una presencia que se va revelando y anticipando en el presente. La Parusía que esperamos viene como novedad, como sorpresa, como acción del Espíritu en nuestro espíritu. Y en este sentido la Iglesia vive la espera y la vigilancia.

En tercer lugar, las celebraciones del tiempo de Adviento realizan el encuentro de la Iglesia con el mundo en el tiempo actual. Se trata de un encuentro sacramental y práctico, místico y profético. La Iglesia anuncia la esperanza de la pascua del mundo; la celebra y la anticipa; la testimonia en la forma de vida de las comunidades que se sienten peregrinas del Reino.
Ante las promesas de Dios la actitud correspondiente es la esperanza confiada y agraciada, esperanza activa y confiada. El futuro del reino de Dios hay que esperarlo como una madre espera a su hijo. El futuro del reino pasa por los dolores del parto. La esperanza cristiana es como una hoguera ardiente: esperanza cierta, temblorosa, invadida por la oscuridad y por la luz. Jesús resucitado es esperanza para todos. "Jesús nos muestra el camino, no el camino de la otra vida, sino de la vida (otra) distinta, de una cierta calidad de vida posible". La esperanza en las promesas de Dios confiere la medida adecuada de la vida presente.

Una esperanza liberadora

Libera de la absolutización del presente como si fuera ya total y definitivo; en realidad es un presente provisional... La vida no puede reducirse a consumir el presente. Cristo resucitado es la anticipación y la garantía del Dios todo en todo. La esperanza en la resurrección hace histórica la historia. Sitúa a los seres humanos en estado de peregrinación y de éxodo, que es algo muy diferente que ser vagabundo o nómada5. Éste se mueve en el tiempo sin metas, sólo por el placer de moverse y cambiar. La esperanza otorga a las congregaciones capacidad de protesta en nombre del futuro.

Libera del titanismo, es decir, de la esclavitud de la justificación por las obras. La esperanza de la vida consumada recuerda que la salvación es gracia. El ser humano no se salva y se redime a sí mismo. Es salvado por iniciativa de Dios, por pura gracia. Existe como regalo. La vida está siendo recibida.

Libera del pesimismo del no hay nada que hacer; esto no tiene futuro. La esperanza potencia la responsabilidad de crear el futuro; impulsa a descubrir el futuro lleno de posibilidades allí donde aparentemente no los hay. La esperanza crea fortaleza... El ser humano vale por sí mismo; no es instrumento ni material de construcción de ningún paraíso. Está destinado a la vida eterna. Tiene fin en sí mismo. Libera de la impaciencia de las utopías y milenarismos. No se trata de forzar los ritmos de los tiempos y tratar de imponer los cambios o reformas para el futuro. En manos de los milenaristas y utópicos lo mejor puede convertirse en lo peor; el intento de nueva civilización puede terminar en la mayor barbarie.

La esperanza es protesta contra la resignación y la irresponsabilidad. La esperanza en las promesas de Dios implica rebelión y rebeldía frente a los signos de desesperanza. Es fortaleza y capacidad de configurar el futuro. "Los jóvenes se cansan, se fatigan; los valientes, tropiezan y vacilan, mientras que a los que esperan en Yahvé, él les renueva el vigor, les da alas de águila. Corren sin fatigarse y andan sin cansarse" (Is 40,30-31).

Una esperanza creativa

El mundo de las promesas de Dios está realizándose en la historia; el reino está llegando, está viniendo a nuestra historia personal y colectiva. Y, a la inversa, la historia está haciéndose historia de salvación; no sólo para los que se van salvando, sino para la historia en cuanto tal. La historia entera está ya cristo-finalizada; tiene una finalidad y tendrá un fin; está ya en la cuenta atrás. Y en esta etapa, la esperanza ilumina y sobrepasa la realidad de la muerte, de la misma manera que ilumina y trasfigura la negatividad de la vida y el dolor de la historia.

La esperanza, en este contexto, no puede ser solamente interpretativa y contemplativa; es luchadora y transformadora de este mundo.

  1. Cf. Alvin Toffler. El shock’del futuro. Barcelona, 1971,479.
  2. "El hombre libre es por necesidad inseguro; el hombre que piensa es por necesidad indeciso", decía E. Fromm. Psicoanálisis de la sociedad contemporánea. México, 1971,166.
  3. Cf. Claude Dagens. ’Laproposition de lafoi dans la societé actuelle en "La documentation catholique" 2105(1994)1043.
  4. Cf. J. J. López Ibor. La angustia vital. Madrid, 1969.
  5. Cf. Mons. Ignacio Sanna. ’La domando di speranza nella postmodernitá’, en "La spiritualitá della speranza" (AA.W) Roma, 2005,13-34.

 

Bonifacio Fernandez, cmf (Revista Vida Religiosa)

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