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Acoger a María

Pablo Largo Dominguez -
Puede haber casos en que un joven le diga a su novia: "te quiero, y deseo casarme contigo. Pero ¿qué quieres que te diga? Se me han atragantado tus padres. No los aguanto". Y se pueden dar y se dan casos de personas que se declaran cristianas, pero que se muestran indiferentes respecto a María. Qué motivos hay para esa indiferencia, o acaso para ese rechazo, es cosa que habrá que examinar en cada caso.

Ahí tienes a tu madre

No nos detenemos en esta operación. Nuestra última entrega, después de haber repasado en las anteriores el complejo haz de relaciones que tiene María, será una invitación a acogerla. ¿Por qué? Porque a Jesús hay que aceptarlo con todos sus 'antecedentes' y sus 'consiguientes'. ¿Qué significa esto? Que nuestra adhesión a él y a su evangelio implica que también aceptemos a María, su ante-cedente inmediato; y también implica que aceptemos al apóstol Pedro, y a los Doce, y a sus sucesores; sobre todo, que aceptemos a la Iglesia, nacida del costado del Crucificado.

Jesús mismo, desde la cruz, dice al discípulo al que tanto quería: "ahí tienes a tu madre". Le hace una verdadera revelación. Y el discípulo, desde su amor a Jesús, acepta el don que se le hace y el encargo que se le da. Añade el evangelista: "Desde aquel momento, el discípulo la acogió en su casa, la acogió entre sus realidades más preciadas". Nosotros queremos ser como el discípulo: el Señor nos ha hecho don de María; lejos de responder con la indiferencia, lo acogemos como una entrega singular que nos hace el Crucificado en ese momento definitivo.

Cristianos y marianos

Comprendemos, pues, que Pablo VI dijera en el santuario de Bonaria el año 1970: "si somos de verdad cristianos, debemos ser también marianos". Y es que María es el antecedente inmediato de Jesús el Cristo. Es así una concreta memoria terrestre de la verdad de Cristo. Todo lo menuda que usted quiera, todo lo incomparable que usted quiera con el Espíritu, la gran Memoria del Señor; pero realísima memoria María, la que lo concibió y dio a luz, la que lo crió a sus pechos, la que lo acunó y le enjugó las lágrimas, la que le enseñó las primeras palabras, la que le espantó las pesadillas, como canta el poeta a la madre: "desmoronas la angustia de los hombres / y mantienes su pulso en pleno vuelo / ante la dura ramazón del odio / compañera de siempre, compañera" (Miguel Hernández).
 
Hay personas que tienen dificultad en esa acogida. Ciertos grupos de mujeres, por ejemplo, como ya indicábamos en el primer artículo. Consideran que en la Iglesia se ha exaltado a María a expensas de ellas, a expensas de todas las demás mujeres. La imagen de María ha sido modelada y controlada por varones, a saber, por los clérigos. Y éstos, quizá sin advertirlo ni quererlo, han presentado una imagen de María inimitable, de efectos esquizofrénicos para las otras mujeres. Algunas han rechazado a María. Otras han tenido que hacer esfuerzos especiales para recuperarla. Buscando des-esperadamente a María: así se titula un libro escrito por una mujer.

Motivaciones purificadas

Cuando acogemos a María es bueno que examinemos nuestras motivaciones. Porque a veces se han dado razones discutibles. María no es ningún atajo: un atajo para llegar a Jesús, un atajo para llegar a Dios. Primero, porque Dios nos es inmediato, y Jesucristo resucitado nos es inmediato.  Segundo, porque, en las varias mediaciones de que Dios se vale para hacérsenos presente y dársenos, no tiene mucho sentido ponerse a distinguir entre mediaciones o caminos fáciles, suaves, transitables, y caminos difíciles, escabrosos, imposibles. Son caminos que Dios nos da y que nosotros aceptamos. Tercero, porque debemos tener cuidado con la gracia barata: María no está para rebajar el precio de la gracia, para ofrecernos una gracia a precio de saldo. No nos podemos conformar con rezar tres avemarías cada noche y dar por seguro que ella nos conseguirá la gracia del arrepentimiento final y el pase de entrada en el cielo; o con confesar y comulgar los primeros sallados de cinco meses seguidos para obtener el mismo resultado en el negocio de la salvación.

Los predicadores emplearon mucho tales re-cursos en otros tiempos. Esas propuestas, que tenían buena intención, se podían prestar a un mal empleo, lo mismo que puede emplearse mal una medicina. Pero María no está para abaratarnos la gracia, sino más bien para 'encarecerla' (o sea. para mostrarnos lo preciosa que es); ni puede contradecir las palabras de Jesús, que sentenció: "el que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga". María está más bien para encomiar lo importante y esencial que es la gracia. Y para nosotros es una alegría especial este don de María, la llena de gracia, que nos ha hecho el Señor.

Para todos y siempre

En todo caso, podemos decir con un autor anglicano que María es la mujer para todas las sazones y para todas las razones. En cualquier estación de la vida es bueno recordarla e invocarla: en la niñez, que casi sabe a concepción inmaculada: en la adolescencia, pues María, al poco de inaugurarla, concibió a Jesús; en la juventud, pues podemos contemplar a esta hija de Sión como la mujer llena de juventud y de limpia hermosura, y la contemplamos a veces como sede de la sabiduría, que nos enseña a tomar las buenas opciones y a poner ilusión en su cumplimiento; en la madurez, llamada a cobrar más hondura y abierta a otras formas de fecundidad; en la vejez, para que esté marcada por la esperanza y sigamos diciendo a la santa Madre de Dios: "ruega por nosotros ahora, y en la hora de nuestra muerte''.

Y para todas las razones. Hay santos con los que quizá no sentimos una afinidad especial. Pa-rece que no casan con nuestra forma de ser. Sin duda, vivieron lo esencial de toda vida cristiana, y lo vivieron en alto grado. En ellos ardía la llama del amor teologal. Pero tuvieron rasgos que los hacen extraños, un poco extravagantes. Ahí está san Simeón estilita, que se pasó largos años vi-viendo en una columna; otros se entregaron a una vida ascética que parece más digna de asombro que de imitación. En cambio, la imagen de María que nos llega de los evangelios es válida para to-dos: la aceptación del designio de Dios en la anunciación, la dicha de la fe y también las pruebas de la fe, la alegría del Magníficat y el canto a Dios que en él entona, el parto en circunstancias poco favorables y en un local improvisado, la meditación en su interior de las cosas que observaba y que en un primer momento la podían dejar perpleja y aturdida, la angustia por la pérdida del niño, la cercanía a su Hijo crucificado y la noche oscura para la propia fe, la oración con la primera comunidad cristiana en Jerusalén.

Sí, María es la mujer para todas las edades y para todas las mentalidades. Cualquiera que sea nuestra sensibilidad personal, la María del evangelio es un punto de referencia al que nos podemos remitir sin tener que vencer grandes resistencias, aunque tengamos reparos más o menos serios ante otras imágenes que se nos hayan trasmitido.
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Comentarios

andrea andrea
el 11/5/14
bonito
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