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A mí me lo hicisteis

Carlos G. Andrade, cmf (IRIS DE PAZ) -
Cuando leemos en el evangelio algunas exigencias directas, radicales de Jesús, es muy frecuente que sintamos desánimo. Conocemos bien nuestros límites y, aunque nos gustaría poder llegar a actuar de ese modo, nos parece que algunas exigencias de Jesús exceden nuestras fuerzas. Amar al enemigo, hacer el bien a quien te maltrata, orar por los que te persiguen... Incluso nos parecen propuestas inhumanas. ¡Si fallamos incluso con aquellos mas cercanos, a los que queremos!. Pero no es preciso irse tan lejos: «da de tu pan al hambriento, al que te pide prestado algo no le vuelvas la espalda...». En fin, parece que en el cristianismo la calidad de nuestra relación con los demás es el termómetro que nos permite medir la calidad de nuestra relación con Dios. Así lo dice San Juan. «quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios al que no ve» (1Jn 4,20).

No se trata aquí de que Jesús esté reclamando de sus seguidores un nivel de conducta moral extraordinario, sublime, apto sólo para unos pocos elegidos. Detrás de este precepto se esconde un misterio, del que debemos ser conscientes y que nos puede dar una clave muy valiosa. Y este misterio reside en que Jesús se ha identificado con todos los hombres, especialmente con los débiles, con los que sufren. Hacerse hombre y subir a la Cruz ha significado para nuestro Dios identificarse con todo lo nuestro, hacerlo suyo, en particular nuestros sufrimientos, dolores, pobreza, angustias. Se ha identificado con todos nosotros.

De hecho llegará a decir: «Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Esta es precisamente la revolución de Cristo. La gran novedad de Jesús. En todas las religiones hay preceptos que indican cómo debe ser nuestra conducta para con los demás. Pero en el cristianismo se trata de algo más que de exigencias morales de la religión. Es que lo que hacemos a los demás se lo hacemos al mismo Dios. Porque Dios está presente en el corazón de cada hombre. ¡Si fuéramos un poco conscientes de lo que esto significa! Nos cuesta bastante mantener una relación con Dios a lo largo del día, nos acordamos poco. Y sin embargo, lo tenemos constantemente a nuestro lado, en cada hombre o mujer que pasa cerca de nosotros. Cuando ofrecemos una sonrisa, o un simple ¡buenos días!, cuando escuchamos con paciencia o cuando curamos una llaga... lo hacemos con el mismo Jesús. Esto es revolucionario, porque nos libera de nuestros prejuicios (sobre si esa persona se lo merece o no, sobre si, corresponderá a mi amor o no); nos libera de respetos humanos, que tantas veces nos bloquean; da sentido a tantos pequeños actos de servicio que hacemos en casa, o en el trabajo, a tantos contactos superficiales que mantenemos durante la jornada y que vivimos como una rutina o como un peso...y , sin embargo, vividos así, serían la materia prima de nuestra vida cristiana.

La Madre Teresa de Calcuta ha dicho infinidad de veces que ella no sena capaz de hacer lo que hace sino es porque ve a Jesús en esos pobres moribundos, a los que consuela, alimenta, limpia. Reconocer a Jesús en el hermano y tratarle como al mismo Jesús, permite ser constantes en el amor, más allá de nuestros gustos, o cansancios, permite tratar con la misma dignidad al pobre que al rey, al bueno y al malo, al de nuestro pueblo, raza, cultura o al extranjero. Es la base de la fraternidad cristiana. Vivimos en una época en la que está creciendo entre los hombres la conciencia de que es imprescindible la solidaridad. La multiplicación de los voluntarios que trabajan gratuitamente en el tercer mundo, o en las bolsas de pobreza de nuestra sociedad occidental; el desarrollo de las organizaciones no gubernamentales, que se esfuerzan por ayudar a niños, pobres, presos, marginados, canalizando ayudas y aportando programas de desarrollo a los pueblos menos favorecidos nos hablan de una conciencia creciente de esta virtud. Pero este valor humano necesita un alma: Y el alma es reconocer esta presencia de Jesús en lo hondo del corazón de cada uno, en particular de los pobres, de los que sufren. De aquí nace el amor cristiano. Mas no podemos reducirlo a aquellos que marchan al tercer mundo. Hemos de vivirlo todos. Y es posible. Basta entrenarse: en la vecina, en el tendero, en esa señora un poco gruesa que se ha sentado a nuestro lado en el autobús, en ese joven de pinta un poco estrafalaria... en cada uno.

Daniel, un joven cartero de una barriada popular de Madrid nos cuenta, en algunos retazos, cómo trata de vivirlo. «En mi profesión, tengo una oportunidad única de encontrarme con gente y, por tanto, de amar. Para mí es ponerme a prueba diariamente. Al principio, una de mis dificultades eran los porteros automáticos: había que llamar y gritar: ¡cartero! para que abriesen. Te encontrabas con muchas personas con las que sólo mediaba una palabra y, encima, en mal tono. Comencé a saludar, y dar los buenos días cuando me respondían y ahora hay una relación muy distinta, me reconocen, me gastan bromas.

El barrio en que reparto es bastante pobre, con gran cantidad de parados. Hace poco, al subir un certificado de subsidio de desempleo, una señora me hizo entrar. Yo enseguida comprendí que, además de firmar el certificado, quería ser escuchada, así que me puse a escucharla. La situación de la familia era difícil, con el marido en paro hacía muchos meses y se echó a llorar. Para mí, era hacer mío este dolor, porque Jesús me pedía «llorar con el que llora». Hay un taller en mi zona, y en vez de dejar las cartas en cualquier sitio a la entrada, las llevo hasta la oficina del fondo, ellos lo agradecen, me saludan y me cuentan cosas y me dicen que eche un trago de vino de una bota que tienen allí. A mí, a las diez de la mañana no me apetece nada, pero es una forma de amarlos concretamente. Luego están mis compañeros de trabajo con los que también trato de tener una buena relación. No siempre es fácil: uno sólo te pide que le escuches, otro que juegues con él al tenis el fin de semana, otro que soportes su malhumor. Para mí supone darme cuenta de que Jesús es el mismo en el simpático que en el antipático, en el viejo y en el de mi edad. Así trato de amarlos como les gusta, tratando de amar por amar, sin intereses, ni siquiera de tipo espiritual. Hay un chaval que me pide todos los días que le de algunas gomas para hacerse tirachinas, aquí encuentro la oportunidad de servir al más pequeño y siempre me procuro un buen puñado de ellas. En fin, todos los días soy uno de los últimos en acabar de repartir y llego bastante cansado a la oficina; y aun cuando no siempre consigo llegar contento, tengo la seguridad de estar construyendo relaciones como Dios quiere».
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