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7. Convertíos

Ciudad Redonda, Ciudad Redonda -

CARTA DEL MAESTRO

Querido/a hermano/a:

¿Cuántas veces has pensado que debías cambiar? Sé que hay algunas cosas (¿o muchas?) de ti mismo/a que no te gustan. En ocasiones te he visto preocupado/a por tu aspecto físico, por algunos defectos de tu carácter, e incluso por tu fe.

¿Te molestarías si yo te dijera que te quiero sin condiciones, gratuitamente, tal como eres? Sé bien que en el mismo evangelio has encontrado palabras mías que puedes sentir como un peso excesivo para tu debilidad: "Conviértete", ’El que quiera seguirme que tome su cruz", ’No podéis servir a dos amos". No trato ahora de `suavizar’ esas palabras, de echar agua al vino. El Evangelio, es decir, mi vida es radical, por eso lo es también la propuesta que hago a mis seguidores. Pero, cuidado: esa radicalidad sólo puede entenderse desde la clave del amor. Quien avanza por el camino del amor terminará dándose entero, no por el peso de una ley que oprime, sino por el impulso de un amor que libera y que al mismo tiempo es más fuerte que la muerte. Así es como una madre o una esposa se entregan al ser que aman.

Si mi amor lo tienes ya asegurado, lo primero que necesitas es dejarte amar y, en consecuencia, quererte a ti mismo/a, disfrutar de tu condición de hijo o hija de Dios. A partir de ahí, no te obsesiones por suprimir este o aquel defecto (que por otra parte siempre te acompañarán), trata ’sólo’ de cambiar de mentalidad, de nacer de nuevo.

Tranquilo/a, este nacimiento va a ser, sobre todo, un fruto de Espíritu. No es cuestión de esfuerzos titánicos. Consiste en aprender a ver las cosas de otro modo, a caer en la cuenta de que el centro no eres tú (ni siquiera tus preocupaciones más santas), sino el Padre, que su gracia es más decisiva que tu debilidad. ¡No me digas que esto no supone una conversión! Yo sé que no te extrañarías si te pidiera grandes sacrificios (porque siempre has creído que seguirme era un camino cuesta arriba). Pues bien, te pido algo más importante y quizá más difícil para ti: que aprendas a confiar, que abandones tu mentalidad calculadora, temerosa, y te abras de par en par al amor del Padre Dios.

LECTURA ORANTE

Jn. 3, 1-21

Había entre los fariseos un hombre importante, llamado Nicodemo. Una noche fue a ver a Jesús y le dijo: «Maestro, sabemos que Dios te ha enviado para enseñarnos, porque nadie puede hacer los milagros que tú haces si no está Dios con él». Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios». Nicodemo le preguntó: «¿Cómo puede uno nacer de nuevo siendo viejo? ¿Es que puede volver al seno de su madre y nacer de nuevo?». Jesús respondió: «Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañe que te diga: Es necesario nacer de nuevo. El viento sopla donde quiere; oyes su voz, pero no sabes de dónde viene y a dónde va; así es todo el que nace del Espíritu». Nicodemo preguntó: «¿Cómo puede ser eso?». Jesús respondió: «¿Tú eres maestro de Israel y no lo sabes? Te aseguro que hablamos de lo que sabemos y atestiguamos lo que hemos visto, y, a pesar de todo, no aceptáis nuestro testimonio. Si os hablo de cosas terrenas y no me creéis, ¿cómo me creeríais si os hablara de cosas celestiales? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el hijo del hombre, que está en el cielo. Como levantó Moisés la serpiente en el desierto, así será levantado el hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna». «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su hijo único, para que quien crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el hijo único de Dios. La causa de la condenación consiste en que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz porque sus obras eran malas. En efecto, el que obra mal odia la luz y no va a la luz, para que no se descubran sus obras. Pero el que practica la verdad va a la luz, para que se vean sus obras, que están hechas como Dios quiere».

PARA EL CUADERNO

Como Nicodemo, ¿tengo miedo a acercarme abiertamente a Jesús? ¿Vivo mi relación con él un poco a escondidas? ¿Creo que es posible renacer de nuevo en las condiciones en las que vivo? ¿Qué estoy haciendo con la Palabra de Dios, con los Sacramentos (Eucaristía, Reconciliación), con la oración, con el trabajo de cada día?

PARA LA ORACIÓN DE LA TARDE

-  Elige un texto: 1 Pedro, 1,13-21; Romanos 12,1-13. Lo demás como en la mañana.
-  Al final, es bueno leer de nuevo la carta del Maestro y responderla en el cuaderno

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