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3 de mayo: María, Madre de los Apóstoles

Angel Moreno -

Segundo sabado de Pascua, San Felipe y Santiago

“Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; por último, se me apareció también a mí.” (1 Co 15, 5-8)

3 de mayo: María, Madre de los Apóstoles

“Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.” (Act 1, 14)
Señora, he tenido la intuición de recorrer esta Pascua contigo sin dejar de acompañarme con la Palabra de Dios que me ofrece la Liturgia, al transcurrir el tiempo pascual en coincidencia casi completa con el mes en el que te invoca la piedad de tantos fieles, cuando se te visita en las ermitas construidas en tu honor, y se te reza lo que llamamos el “Ejercicio de las flores”.  Confío que esta mirada mía me la devuelvas colmada de entrañable misericordia.

Precisamente fuiste Tú quien  durante este tiempo pascual congregaste a los discípulos de tu Hijo, y seguro que durante esta cuarentena fuiste recordando tantos momentos en los que  has sido único testigo.

De manera especial arropaste a los Apóstoles con tu mirada de Madre, misión que te encomendó Jesús, cuando en la Cruz te señaló al discípulo al que tanto quería. De alguna forma tu manto nos arropa a todos y nos protege en los momentos que sentimos mayor soledad y se nos hace árido el trato orante con el Señor.
Madre, tú atrajiste el corazón de los discípulos y fortaleciste con tu fe y confianza, el corazón de aquellos a los que se les iba a encomendar el anuncio de la Buena Noticia, la mejor Buena Nueva que uno puede extender.

Tú sabes que hay momentos en los que nos vencen., aun sin querer, el tedio, el cansancio, la inercia, incluso en la tarea evangelizadora. Atrae tú entonces nuestras miradas hacia el cenáculo, la oración común, la Eucaristía; haz que queramos estar  y sabernos unidos, a la espera de la moción consoladora, del movimiento generoso del Espíritu.

Hoy nos reclaman mayor sagacidad para anuncia el Evangelio en la periferia, en los caminos, pero bien sabes que uno puede vivir la intemperie si guarda en su interior la certeza de que es amado. No dejes, madre, de hacernos sentir tu amor.

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