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12 - Infancia evangélica y oración profunda

Nicolás de Ma. Caballero, cmf -
    La infancia espiritual que proclama Jesús en el evangelio, es más que una ‘infancia’, propia del que ‘no habla’ (in-fans, eso significa); es una manera nueva de definir el silencio mental.
 
    Alguien definía al ‘adulto’ como un niño estropeado. Y así es frecuentemente, cuando el ‘pensar’ tiene más importancia que el ‘mirar silenciosamente’, con la singular absorción de un niño, que apenas tiene estructura mental; que carece de la poderosa herramienta del lenguaje,  y es, ‘casi’, por definición, un contemplativo natural. Cuando la fe agranda esta capacidad, Dios nos devuelve la infancia en un nivel ‘desconocido’, pero real y eficaz, de amor. Es la contemplación, una ‘mirada amorosa, silenciosa, absorta, en la que, sin palabras, Dios ‘enseña sabiduría y amor conjuntamente’, como afirma san  Juan de la Cruz. Por supuesto que no se trata de ‘no pensar’, ni de enseñar a no pensar, sino de ‘saber dejar de pensar’ para descubrir otra calidad de alma; la calidad y la cualidad perdida, como la otra cara de la luna, de un hombre y de una mujer de hoy que apenas dejan de pensar, de fatigar la mente y el cerebro, sin poder ya detenerlos. Y así nunca entienden ni experimentan qué puede ocurrir cuando se ‘deja de pensar’ y, sencillamente, ‘se mira en silencio’.Si hemos perdido la ‘infancia espiritual’ es porque nos hemos hecho demasiado serios, ‘sesudos’, diría santa Teresa.

    Hemos afirmado el ser adultos contra el ser infantiles. El infantilismo es una regresión o una fijación psicológica,  pero el ‘niño evangélico’ es el niño que deja que las cosas le lleguen, que le llegue Dios; no salir a atraparlo con ideas, esquemas, métodos y razonamientos.Santo Tomás de Aquino, después apunto de terminar su maravillosa Suma Teológica, no pudo seguir escribiendo. Una visión de Dios ‘trastornó’ su mente y la dejó sencilla, como un alta mar a ras de una playa. Y dijo a su compañero: ‘Reginaldo, no puedo seguir escribiendo; lo que he escrito de Dios me parece paja’.Cuando las palabras salgan del silencio, la palabra será silencio, antes que palabra. Pero ahora, por falta de sencillez evangélica, y por sobra de ‘seso’, humano, es frecuentemente palabrería, aunque sea muy ‘sesuda’ y tenga la belleza de una forma bien cincelada. ‘Aprender a callar y mirar’, siempre será la ciencia profunda de la oración de siempre. ¡Si no os hacéis como niños, no entraréis…! Y no entramos… El orante entra en Dios cuando ‘deja de darle nombre’; cuando deja de hablar (‘in-fans), como quien se quita las sandalias para entrar en el santuario. El contemplativo es como un niño, evangélicamente perfecto.
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