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10. Poneos en camino

Ciudad Redonda, Ciudad Redonda -

CARTA DEL MAESTRO

Querido/a hermano/a:

Hay cosas que nunca vemos claras cuando permanecemos sentados. ¿Te has dado cuenta de que las mejores cosas suceden cuando nos ponemos en camino? Abrahán salió de su tierra y encontró una nueva patria. El pueblo de Israel descubrió a Dios de otro modo cuando salió de Egipto y anduvo hacia la tierra prometida. Mi madre, llena del Espíritu, se puso en camino para compartir esta alegría con su prima y para ponerse a su servicio. Yo mismo viví mi vida como un camino de Galilea a Jerusalén, de mi vida tranquila de Nazaret al lugar donde entregar mi vida.

Por eso, mis últimas palabras son las mismas que dirigí a mis apóstoles. ¡Poneos en camino! No os dejéis llevar por la comodidad de quien cree que todo está ya hecho. Esta comodidad es la antesala de la rutina, de la desesperanza y de la muerte.

Cuando sientas que no tienes nada dentro, ponte en camino y da algo de ti mismo/a a otros. Cuando tu mundo te resulte muy pequeño, ponte en camino y entra en relación con otras personas, con otros lugares. Cuando te parezca que la fe se apaga, que no merece la pena seguir, ponte en camino y siente, como mis discípulos de Emaús, que yo camino a tu lado, que escucho tus preocupaciones, que te regalo mi Palabra, que comparto contigo el pan y que te devuelvo la alegría y el vigor para que sigas caminando y anuncies mi nombre a los hermanos.

Cada vez que te pones en camino estás amando, porque el amor es un viaje que va de nosotros a los demás. El amor es una salida de nosotros mismos en busca de los que nos necesitan. ¡Atrévete a caminar y confía en el Espíritu que te va conduciendo por la senda de la vida!

LECTURA ORANTE

Lc. 24, 13-35

Aquel mismo día, dos de ellos se dirigían a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos trece kilómetros. Iban hablando de todos estos sucesos; mientras ellos hablaban y discutían, Jesús mismo se les acercó y se puso a caminar con ellos. Pero estaban tan ciegos que no lo reconocían. Y les dijo: «¿De qué veníais hablando en el camino?». Se detuvieron entristecidos. Uno de ellos, llamado Cleofás, respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha sucedido en ella estos días?».Él les dijo: «¿Qué?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús de Nazaret, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo, cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, pero a todo esto ya es el tercer día desde que sucedieron estas cosas. Por cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han dejado asombrados: fueron muy temprano al sepulcro, no encontraron su cuerpo y volvieron hablando de una aparición de ángeles que dicen que vive. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y lo encontraron todo como las mujeres han dicho, pero a él no lo vieron». Entonces les dijo: «¡Qué torpes sois y qué tardos para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que Cristo sufriera todo eso para entrar en su gloria?».Y empezando por Moisés y todos los profetas, les interpretó lo que sobre él hay en todas las Escrituras. Llegaron a la aldea donde iban, y él aparentó ir más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque es tarde y ya ha declinado el día». Y entró para quedarse con ellos. Se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces sus ojos se abrieron y lo reconocieron; pero él desapareció de su lado. Y se dijeron uno a otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». Se levantaron inmediatamente, volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los once y a sus compañeros, que decían: «Verdaderamente el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón». Ellos contaron lo del camino y cómo lo reconocieron al partir el pan.

NOTAS

En sólo veintitrés versículos Lucas describe el paso de la desolación a la esperanza, de la dimisión al compromiso misionero. Emaús es mucho más que un lugar que dista once kilómetros de Jerusalén: es el símbolo de una aventura de fe. ¡Se trata de seguir al Maestro después de haber experimentado la frustración de todas las esperanzas! Pero, ¿cómo podemos pasar de la decepción al gozo? -La respuesta se halla en un camino que implica cinco acciones­ (caminar, hablar, escuchar, comer, contar), las mismas que tú puedes practicar en el camino de tu vida ordinaria.

CAMINAR

Los dos discípulos caminan de Jerusalén hacia Emaús ofuscados y tristes. Han experimentado que no hay peor noticia que una buena noticia falsa. Su camino es, en realidad, una huida. Se van de Jerusalén después de haber vivido la Pascua más triste de su vida. Tú también caminas. En las veredas de tu existencia se producen hoy tus búsquedas y huidas de Jesús. Puede que a veces vayas con la cabeza baja, desanimado. Pero lo que importa es que él sigue acercándose a ti, camina a tu lado. Aunque no sepas reconocerlo, él no te abandona.

HABLAR

No caminan en silencio. Hablan y se hacen preguntas parecidas a las nuestras. Ni ellos ni nosotros acabamos de entender "lo de Jesús": ¿Por qué si el camino de Jesús es tan fascinante lo eligen tan pocos? ¿Por qué nos cuesta tanto cambiar? ¿Por qué tantos bautizados se sienten tan lejos de la Iglesia? Hablar es una forma de que el corazón no se pudra. Jesús, después de escuchar con atención, invita a los discípulos a profundizar en la causa de su tristeza, a poner nombre a sus sueños demasiado humanos.

ESCUCHAR

Los caminantes se convierten ahora en oyentes. Ya no se trata de hablar sino de escuchar. Jesús ha caído en la cuenta de que su inteligencia y su afectividad no están preparadas para acoger el misterio. Son "torpes para comprender" y "cerrados para creer". Descubre que la causa de la duda y la frustración ha sido el escándalo de su muerte. Por eso se esfuerza por iluminar este enigma. No se trata de un designio humano sino de los planes de Dios. Para mostrarlo, Jesús apela a las Escrituras y las interpreta desde esta clave. Ayer como hoy, las Escrituras constituyen una "lámpara para nuestros pasos", un método para hacer que nuestro corazón desanimado arda de nuevo.

COMER

Caminar, hablar, escuchar. Llega el tiempo de comer. La experiencia decisiva, la del reconocimiento, no se da en el camino sino en casa, en torno a la mesa. Ante el gesto del pan, los de Emaús comprenden que ese caminante sólo puede ser Jesús y, al mismo tiempo, se comprenden a sí mismos de otra manera: descubren su identidad de discípulos descubriendo la identidad del Maestro. Se les abrieron los ojos y lo reconocieron. ¿Se puede caminar sin pararse a comer el pan de la eucaristía? Sólo en ella reconocemos al Señor que camina de incógnito.

CONTAR

Al final se vuelve a la Jerusalén de la que se ha huido. Es la vuelta a casa para contar lo vivido en el camino. La comida despierta el entusiasmo misionero del discípulo. El hablar fue cauce para eliminar las frustraciones. El contar tiene que ver ahora con compartirlos encuentros y la esperanza. El camino de dimisión se convierte en camino de misión. La bajada de Jerusalén a Emaús se hace ahora ascenso. Subir a Jerusalén no es ya acercarse a un misterio que no se entiende y del cual se huye sino contar una experiencia vivida. Ve y cuéntala.

PARA EL CUADERNO

¿Cuáles son las desilusiones que estás viviendo ahora? ¿Qué sueños no se han cumplido? ¿Dónde encuentras fuerza para vivir con esperanza? ¿Sueles dialogar con alguien? ¿Te acercas a la Palabra de Dios? ¿Te alimentas en la eucaristía?

PARA LA ORACIÓN DE LA TARDE

-  Oración de ’repetición’ (vuelve a lo que más te ha movido en la meditación de la mañana).
-  Al final, es bueno leer de nuevo la carta del Maestro y responderla en el cuaderno

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