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02. El asombro ante la llamada de Dios

Nicolás Tello, Nicolás Tello -

El agua que salta hasta la vida eterna

Existen dos movimientos de opuesta dirección. Uno hacia lo alto, hacia el infinito donde cualquier expansión alcanza indecibles latitudes de libertad. Otro hacia abajo, hacia lo craso e inerte, donde la pura gravedad hace cautivo y amarra para siempre. Puestos frente a dos templos de distinto orden arquitectónico podemos entenderlo visualmente. Contemplando la arboladura grácil de una catedral gótica, llegamos a pensar que se trata de un chorro de nuestra tierra que alcanzaría la elevación misma de Dios, si no le pusiéramos el límite de un techo a la sinfonía de piedra y de cristal alzados. Colocados ante una iglesia renacentista, experimentamos una sensación contraria. Poseen estas edificaciones un techo tan robusto, que nos aplastaría con la magnitud terrible de su peso, si no contuviéramos la amenaza de un desplome con columnas y paredes de gran poder. La iglesia gótica es una pura flecha casi transparente hacia la trascendencia. El templo renacentista suele impedir, bajo la opulencia de su techumbre primorosa, alzar el espíritu a mayor belleza, a más dilatado espacio, quedando los sentidos presos de una magnificencia sólo inmanente.
 
Cuando Dios llama a un hombre lo reclama hacia la suprema elevación, lo convoca a sí. Ello no significa que lo aparte de cuanto lo rodea y de todos los que son capaces de tocarlo. Y es que nadie puede considerar a Dios como pura distancia que medie entre la propia subjetividad y los demás sujetos u objetos. Dios, por contra, es el espacio abierto a la libertad para la comunión de amor con cuanto es distinto y aparece dividido. Ascender hacia él por la fuerza de su llamada nada tiene que ver, pues, con la ruptura respecto a cuanto él mismo ha creado por puro amor y en el amor mantiene. Quien es llamado por Dios es llamado a Dios, es avocado a una profunda compenetración con el misterio de todos los misterios. El hombre que ha sido llamado escucha atónito y entusiasmado -como las escuchó la Samaritana en el brocal del pozo- las palabras de Jesús:

Todo el que beba de este agua
volverá a tener sed;
pero el que beba del agua que yo le dé no tendrá jamás sed,
sino que el agua que yo le dé
se convertirá en él en fuente de agua que saltará hasta la vida eterna
(Jn 4, 13-14)
 
Creados para escuchar la llamada

La primera llamada es la propia creación por la que la divina omnipotencia está arrancándolo todo continuamente del no ser. Lo que llamamos vocación es una forma particular de creación por la cual Dios produce en algunas de sus criaturas una similitud suya de tal entidad, que son capaces de reconocerse «imagen y semejanza» del Creador (cf Gn. 1, 27). La vocación es, en este sentido, la profundidad definitiva de la propia creación. De tal modo es esto así, que puede bien decirse que Dios queda implicado en su creación aunque conserve su alteridad como Creador respecto a ella. Estas consideraciones hacen decir al P. Staniloae: «Frente al mundo, Dios no mantiene una relación neutra. Esta relación, por el contrario, es la fuente de la elevación de la criatura por medio de la gracia irradiante de su omnipotencia...Las criaturas han sido hechas en un estado permente de libertad para dejarse alcanzar sin término temporal por una fuerza que las hace crecer en Dios... Los seres creados se convierten, así, en sujetos de una energía divina y son capaces de alzarse incesantemente hasta Dios».

Nada de esto sería pensable sin la Encarnación. Por ella el Creador se hace criatura. Por ella se humaniza Dios hasta hacerse hombre. Se trata del mayor gesto de solidaridad imaginable. La humanidad es elevada a la misma interioridad de Dios sin que los rasgos esenciales de la propia humanidad queden borrados, de la misma manera que la divinidad de Dios permanece incólume en el momento de su ensimismamiento humano. La Encarnación de Dios lleva a culmen el nexo de aproximación personal que ya por creación se había incoado. Es, sobre todo, el principio de una salvación que consiste nuclearmente en la pura fusión con la humanidad divina del Dios humando. Bien lo sintetiza San Pablo en una escueta frase: «Hechura suya somos, creados en Cristo Jesús» (Ef 2, 10).

La criatura es elevada a la vida filial y a la compenetración trinitaria por la Encarnación de Jesucristo. Más ello ocurre bajo la operación del Espíritu Santo. A tal respecto escribe San Simón el Nuevo Teólogo: «Recibimos el fuego incandescente de la divinidad, el fuego del cual decía nuestro Señor: he venido a traer fuego a la tierra» (Lc 12, 49). ¿Qué cosa es este fuego sino el mismo Espíritu Santo, consustancial al Hijo por su divinidad, el Espíritu Santo con el cual el Padre y el Hijo entran en nosotros para que los contemplemos dentro de nosotros?».

La creación de Dios eleva al hombre en todo lo que le es propio y cercano hasta la entraña de su misterio trinitario. No es que el hombre decida trascender la propia limitación. Dios mismo se introduce trascendentemente dentro de la limitación humana para estar con el hombre y ser todo suyo en pura comunión. Dios que, por su Palabra creó todas las cosas (cf Jn 1, 1-3), ha conferido al hombre oídos sobrenaturales para escuchar esta misma Palabra en la resonancia de la carne transfigurada de Jesús, hecha verdad del hombre mismo por obra del Espíritu Santo (cf Jn 16, 13). «El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios» (Rom 8, 16).

El estupor del espíritu

Elevarse hasta Dios y hacer crecer el mundo hasta su infinitud: a ello ha sido llamado el ser humano, es esa su vocación radical, a esa tarea debe consagrar su ser entero. Pero es de advertir que incluso la colaboración libre del hombre en la tarea de su ascensión a Dios es un regalo gratuito de lo que el teólogo ruso P. Evdokimov gustará llamar el «amor loco de Dios». San Pablo insiste en ello; «Habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no proviene de vosotros, sino que es regalo de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se vanaglorie» (Ef 2, 8-9). El hombre sólo puede mendigar estremecidamente la gracia que da Dios, sólo puede mendigar al mismo Dios que no cesa de darse gratuitamente al hombre para obrar desde su interior la salvación. Dios ha querido hacerse fuerte en la debilidad del ser humano. Es todo una maravillosa paradoja que hará exclamar a Tatiana Góricheva: «el hombre, siempre cauteloso, tiende a subestimar sus fuerzas. Por ello le costó a Dios mucho más hacerse hombre que lo que al hombre le cuesta hacerse dios».

Frente a tamaño amor, confrontado con la grandeza de sus obras, queda el espíritu preso de estupor sagrado. No es el miedo que hace temblar ante lo desconocido y amenazador, sino la inclinación reconocida hasta lo más profundo de la tierra (humilitas) por una predilección para la cual no había otro motivo que la mismísima bondad del Dios creador, del Dios encarnado, del Dios unificador consigo. Sólo vienen entonces a la boca las palabras de San Pablo: «Ante esto, ¿qué diremos?» (Rom 8, 31). Y es entonces cuando el estupor se convierte en aquel silencio que se adueña de un espíritu incapaz ya de articular otra palabra que la que escucha y repite interminablemente, la Palabra eterna que es Dios en el hombre. De tal silencio vuelven a brotar palabras temporales que son eco y resonancia de la Palabra eterna. Y así se produce el milagro de la comunicación universal con todos y con todo, de acuerdo con la honda experiencia de D. Antonio Machado:

«Converso con el nombre
que siempre va conmigo.
Quien habla solo espera
hablar a Dios un día.
Mi soliloquio es plática
con ese buen amigo

que me enseñó el secreto
de la filantropía».

En ocasiones -qué bien lo sabemos todos-la vida parece hosca y estéril. Ello se debe a que aún no hemos regresado al útero materno del misterio, único ámbito desde el que pueden darse saltos de exultación (cf Lc 1, 44) ante la salvación de un Dios que ya está presente, aunque tengamos que esperar al segundo nacimiento, al de lo alto (cf Jn 3, 3), para ver el Reino de Dios. Ello se comenzará a producir en la medida en que cambie el corazón, en que la conversión se apodere día a día de la existencia. Con este soneto conclusivo, te invito, lector querido, a que, si lo tienes por bueno, te unas a mi sentir de ahora:

Fue un largo deambular solo e incierto,
perdido sin promesa ni destino
haciendo y deshaciendo mi camino
por pardas extensiones del desierto.

Al cabo hubo un recuerdo repentino
de amor, lejano, sí, pero tan cierto
de tí, de tu grandeza y tu concierto,
y mi alma a tu clamor se reconvino.

Tu voz volvió a alegrarme la esperanza,
los óleos de tu amor sobre la herida
curaron los dolores de mi andanza.

Me encuentro todo en tí, mi Paz querida,
tras siglos de dolor y de tardanza
en medio del camino de mi vida.

 

II. Resonancias
Texto para reflexionar

«La llamada»

Era una persona de esas que se dicen buenas, me gustaba alegrar la vida de los demás y compartir con ellos la felicidad y las risas. Pero me preguntaba a mí mismo ¿qué querrá Dios de mí, si ya soy bueno?
Un día, por despiste, se me ocurrió asomarme a la ventana de mi felicidad y descubrí la mirada triste del que está solo y marginado, el llanto del niño que tiene hambre, el dolor del enfermo, la lucha del que no tiene trabajo, la tristeza del que no tiene quien le ame...
Todos me tendían sus manos, pero yo no entendía su queja, y les decía, «yo, ya soy feliz y bueno, ¿qué queréis?». Desde la ventana de mi felicidad yo te preguntaba: Dios ¿qué hay que hacer para seguir siendo bueno? y tú respondías siempre:

«Escucha a tus hermanos». «Escucha a tus hermanos»

Miré sus manos, Señor, y oí el gemido de su voz:

«Sé la carrera del cojo,
la vista del ciego,
la voz del que no habla.
Sé el pan del hambriento,
la fuerza del que lucha,
la alegría del triste,
llora con el desconsolado,
y sonríe con el alegre».

Y yo te pregunté:
«Y mi alegría, mi felicidad, mi comodidad?"

Y tú respondías siempre:
«Escucha a tus hermanos, escucha a tus hermanos».
 
Decidí dejar la ventana de felicidad; hice de mi tiempo, el tiempo de ellos; de mis días, nuestra vida; de mi sonrisa, nuestra alegría; de mi fe, tu presencia.
Señor, hoy me presentó ante tí, con las heridas, el hambre y los problemas de mis hermanos. Señor, que no me falten nunca ellos para poder seguir siendo feliz.

El Maestro impartía su doctrina en forma
de parábolas y cuentos... En una ocasión
dijo: «No despreciéis los cuentos. Cuando
se ha perdido una moneda de oro, se en
cuentra con la ayuda de una minúscula
vela; y la verdad más profunda se encuen
tra con ayuda de un breve y sencillo
cuento».
(Anthony de Mello)

Celebración de la llamada
Introducción: Todos hemos sido llamados de una manera o de otra, con más o menos edad, embarcados en una actividad determinada. La Palabra de Dios resonó en nuestra cabeza. Las dudas, los temores, las alegrías de aquél primer encuentro tan personal con el Dios de nuestra historia aturdió todos los entornos por los que discurría nuestra existencia. Dediquemos los primeros instantes de nuestra celebración al recuerdo. A ese recuerdo que motivó todo un estilo de vida; un recuerdo que sintonizó como nunca con el Señor. Haz memoria del inicio de tu vocación.
- ¿De camino hacia dónde ibas? ¿Quienes fueron tus apoyos?
- ¿Qué significaba entonces la palabra fidelidad?
- ¿Cómo fue tu entrega? ¿Cómo es ahora?

Canto: Ten piedad
 
Presidente:
- Por las repetidas ocasiones en las que hemos dejado que la llama de nuestra consagración quedara a merced de los vientos de uno u otro signo, Señor Jesús, abre nuestros oídos.
- Por haber repetido esquemas aprendidos en nuestro anuncio pastoral, por no haber reservado espacios suficientes a la oración con el Dios de la Creación y de la Creatividad; por haber transmitido unos envases con contenido ya caducado, Señor Jesús, abre nuestros oídos.
- Por no haber sabido o no haber querido integrar tu Palabra en cada una de las situaciones que así la precisaban; por haber limitado nuestra capacidad de mensajeros abandonando zonas, eludiendo personas en favor de un trabajo más compensatorio o de una comunidad más acogedora, Señor Jesús, abre nuestros oídos.

Canto: Ten piedad.

La Palabra (1 Cor 1,26-29; 2, 1-5.10)

" ¡Mirad, hermanos, quienes habéis sido llamados! No hay muchos sabios desde el punto de vista humano ni muchos poderosos, ni muchos de la nobleza. Más bien , hay que decir que Dios ha escogido lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte; lo plebeyo y despreciable del mundo lo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es. Que ningún mortal se crezca en la presencia de Dios"

"Yo hermanos, cuando fui a vosotros, no fui con el prestigio de la palabra o de la sabiduría a anunciaros el misterio de Dios, pues no quise que entre vosotros reinara saber alguno sino el mismo Jesucristo, y éste crucificado. Y me presenté ante vosotros débil, tímido, tembloroso. Y mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría, sino que fueron una demostración del Espíritu y sus obras para que vuestra fe se fundase , no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios. . . El cual nos lo reveló Dios por medio del Espíritu; y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios".

Palabra de Dios.

Canto: La decisión es tuya

Comentario-reflexión: Él, Pablo, el maestro de la ley, el fiel cumplidor de toda norma, entiende a Jesús como el origen de todo saber, de toda predicación, de toda oración. No son los preceptos los que salvan; no es la seguridad de unos rezos quien puede alcanzarnos la salvación. El Amor gratuito, el Don de Dios, su gracia transformadora y regeneradora son quienes obran la conversión del corazón.

"¿Quién eres Señor?" En nuestra trayectoria como acompañados y acompañantes no hemos hecho sino aprender a descubrir a Aquél que se ocultaba detrás de una sutil llamada o propuesta. La expresión, por boca de Pablo nos hace retornar a la esencia de toda predicación: Traspasar la cortina de nuestra personalidad, de nuestras pasiones para acceder al universo que trasluce el nombre de Jesús el Cristo. Hagámonos la pregunta de Pablo. Metámonos en su experiencia trascendente. Preguntémonos, preguntémosle: ¿Quién eres Señor?

(Momento de silencio)

Audición: El peregrino (R.Cantalapiedra)

Presidente (Oración final)
"Señor Dios, tantas veces perseguido, tantas veces buscado, odiado y deseado, amado y respetado, lacerado y escarnecido. Tú descubres y transformas nuestras soledades, nuestras prisas que terminan en agonía, nuestras mentes volcadas en cerradas ideas. Ayudados de la vida de Pablo, te pedimos Luz, la Luz que nos vuelva ciegos a nuestras mentiras, a nuestras soberbias, a nuestras obsesiones, a toda pasión que no proceda de Ti y por Ti.
Que esa Luz sólo nos permita contemplar tu Rostro y éste en TODOS los seres de nuestro mundo. Por Jesucristo Nuestro Señor. AMEN."

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